miércoles

 

La Casapuerta

En días como los de hoy, donde la lluvia hace acto de presencia, me viene al recuerdo la Casapuerta, nuestra entrañable Casapuerta. Prisioneros entre sus antiguas rejas, contemplábamos el caer incesante del agua, regando nuestras calles, por aquel entonces cubiertas de Tierra y Piedra.
Gotas menudas caían y golpeaban con fuerza ese único escalón de acceso a la misma, salpicando el interior de la misma. Absortos, como atrapados detrás de sus rejas, observábamos su continuo salpicar. Los estoy viendo, a pesar del paso de los años.
Escenario de multitud de juegos, de encuentros, sobre todo de encuentros nocturnos, donde, en voz baja, dábamos rienda suelta a nuestros sueños. Sueños, que como la vida misma, se han esfumado en el aire que entraba y salía por sus desnudas rejas.
Cuantas veces la habremos recorrido centímetro a centímetro, nos habremos arrastrado entre sus losas para llevar a cabo nuestros juegos. Cuantas veces habremos importunado a nuestros pacientes vecinos, que casi nunca levantaron la voz para llamarnos la atención. Cuantas veces habremos puesto la música más alta de lo normal, cuantas veces.
Una vez a la semana suelo pasar por ella, y me quedo mirando sus paredes, sus entrañables paredes, cuantos secretos se guardarán entre las mismas. Me parece muy pequeña, demasiado pequeña, para toda la vida que ha soportado y sigue soportando.
Desde hace ya algún tiempo, echo en falta una chapa de aluminio situada en la fachada de entrada a la misma, impresa en letras negras, donde figuraba un escudo formado por un yugo y unas flechas, emblema en viviendas de protección oficial del régimen franquista, también aparecía el año de construcción de la misma, 1964, sino recuerdo mal.
Como nuestra Casapuerta, hay otras ocho más, y diferentes en nuestra calle, otras muchas, cada una con sus particulares historias y vivencias, que están deseando salir a la luz para que no mueran sus recuerdos.

Etiquetas:


 

El puente paciente e inmutable

Paseando por el puente de Lavaera, recordé la historia que Paco nos contó.

La verdad que este puente rememora muchas imágenes, incluso olores.

Recuerdo la fabrica de conservas, y la trasera de esta, donde depositaban los restos de las caballas, secándose al sol. Hoy seria impensable que nuestros hijos se comieran restos de pescados deshidratados a la intemperie y expuestos a diferentes animalillos, pero nosotros lo hacíamos.

Recuerdo que cuando salía de La Salle nueva, estando en 3º o 4º, no recuerdo bien, volvía a casa por el zaporito y desembocaba por el carril del puente. Era toda una aventura. Primero teníamos que engañar a un perro que estaba amarrado, para que no nos alcanzara, ya que había que cruzar por su radio de acción, justo a la entrada del viejo molino de mareas, luego cogiamos el camino mas complicado, ya que de no ser así no tendría gracia, por lo que teníamos que saltar o mostrar nuestro equilibrio, por los diferentes obstáculos que nos encontrábamos.

En una ocasión se nos cruzó un gato negro. Alguien dijo que traía mala suerte y no se le ocurrió otra cosa que coger del suelo una tabla y lanzársela, o intentar hacerlo, ya que esta se frenó en seco al engancharse una puntilla en la palma de la mano del agresor. El gato siguió tan campante, orgulloso de haber cumplido con su deber, el herido con la mano ensangrentada y maldiciendo al felino.

Bueno Paco, tu historia me ha inspirado una acuarela, te la dedico y espero que te guste.


This page is powered by Blogger. Isn't yours?

Suscribirse a Entradas [Atom]