sábado
Un Partido más
Caminábamos por una de las rutas, una de tantas, de las llamadas en la jerga coloquial, del colesterol; ese mal que acude a visitarnos a los que nos movemos, más bien poco. En uno de los tramos del camino se escuchaba el vocerío de chavales que practicaban algún deporte, y como no podía ser otro: era el fútbol. El cielo empezaba a tomar el color de la noche, y aquel recinto estaba iluminado, vallado, perfectamente delimitado. Era un colegio, que abría sus puertas a horas tan intempestivas para que aquellos chavales, con la práctica de ese deporte, alejaran sus mentes de esas lacras que continuamente amenazan a la juventud.
Pensaba que aquellos chavales tenían suerte. En nuestros años de juventud no disponíamos de esos medios, aunque si disponíamos de esos campos vírgenes a nuestro alrededor que perfectamente los suplían, pero que en el fondo, nos limitaban, porque nuestros esfuerzos quedaban allí, morían a nuestro alrededor, porque no podíamos progresar como ahora lo hacen todos estos chavales.
No sé si podríamos haber sido mejores o peores en el aspecto futbolístico que la juventud actual, o de todas aquellas otras generaciones posteriores a nosotros, que tuvieron más medios.
Entonces recordé. Recordé aquellos sábados por la mañana, que invadíamos, literalmente, aquellas portentosas instalaciones de que disponía el colegio el Liceo, abriendo sus puertas dando paso a un reguero de niños de todas las edades y condiciones.
Recordé. Recordé un día, que para nosotros, quien lo recuerde, claro, fue muy especial, por llamarlo de alguna manera, que al final de este relato se entenderá, eso espero.
Un sábado de tantos, nos juntamos chavales de la calle del pozo, de la calle de “enmedio”, Juan Van Halem, en fin, gente de las “callijuelas”, cuya uniformidad deportiva consistía en la ropa maltrecha diaria de aquellos días, lo único deportivo eran los zapatos, aunque alguno que otro iría en pantalones cortos, pero yo sé de uno que seguro que no.
Pues bien, a lo que iba. Había un grupo de chavales perfectamente equipados con indumentaria deportiva que estaban entrenando en una de las porterías principales más próximas al colegio, alumnos del Liceo, que según se comentaba, habían sido campeones provinciales en su categoría. Por la envergadura de esos alumnos, tenían que tener una edad semejante a la nuestra o superior.
No sé cómo surgió la cosa, pero alguien osado de los nuestros les pidió que echáramos un partidito, o sea, se les desafió. Estábamos algo cohibidos: nos van a coger y nos van a vapulear. No todos los días podíamos tener una oportunidad como esta para demostrar nuestras habilidades. Había que jugar. En el fondo de la cuestión, no teníamos nada que perder.
Me gustaría, los que lean estas palabras, si recuerdan ese día, que se manifiesten, y cuenten si fueron testigos y partícipes de ese acontecimiento. Me gustaría dar nombres, pero correría el riesgo de olvidarme de alguien.
Aquel día jugamos al fútbol como sabíamos hacerlo. No disponíamos de medios, de indumentaria, entrenador, de gente alentándonos, en fin, éramos unos marginados, pero humildes.
Ese día jugamos al fútbol, como lo habíamos hecho en el canal, en la huerta de las monjas, en el barrero, en la huerta Melchor, en el cementerio, en la playa, en nuestros patios, en los pisos del boquete…
Ese día jugamos al fútbol, jugamos y ganamos, ganamos por 5 goles a 1, y nunca ganamos nada. ¡Si hubiéramos tenido medios! ¡Quién sabe!
Pensaba que aquellos chavales tenían suerte. En nuestros años de juventud no disponíamos de esos medios, aunque si disponíamos de esos campos vírgenes a nuestro alrededor que perfectamente los suplían, pero que en el fondo, nos limitaban, porque nuestros esfuerzos quedaban allí, morían a nuestro alrededor, porque no podíamos progresar como ahora lo hacen todos estos chavales.
No sé si podríamos haber sido mejores o peores en el aspecto futbolístico que la juventud actual, o de todas aquellas otras generaciones posteriores a nosotros, que tuvieron más medios.
Entonces recordé. Recordé aquellos sábados por la mañana, que invadíamos, literalmente, aquellas portentosas instalaciones de que disponía el colegio el Liceo, abriendo sus puertas dando paso a un reguero de niños de todas las edades y condiciones.
Recordé. Recordé un día, que para nosotros, quien lo recuerde, claro, fue muy especial, por llamarlo de alguna manera, que al final de este relato se entenderá, eso espero.
Un sábado de tantos, nos juntamos chavales de la calle del pozo, de la calle de “enmedio”, Juan Van Halem, en fin, gente de las “callijuelas”, cuya uniformidad deportiva consistía en la ropa maltrecha diaria de aquellos días, lo único deportivo eran los zapatos, aunque alguno que otro iría en pantalones cortos, pero yo sé de uno que seguro que no.
Pues bien, a lo que iba. Había un grupo de chavales perfectamente equipados con indumentaria deportiva que estaban entrenando en una de las porterías principales más próximas al colegio, alumnos del Liceo, que según se comentaba, habían sido campeones provinciales en su categoría. Por la envergadura de esos alumnos, tenían que tener una edad semejante a la nuestra o superior.
No sé cómo surgió la cosa, pero alguien osado de los nuestros les pidió que echáramos un partidito, o sea, se les desafió. Estábamos algo cohibidos: nos van a coger y nos van a vapulear. No todos los días podíamos tener una oportunidad como esta para demostrar nuestras habilidades. Había que jugar. En el fondo de la cuestión, no teníamos nada que perder.
Me gustaría, los que lean estas palabras, si recuerdan ese día, que se manifiesten, y cuenten si fueron testigos y partícipes de ese acontecimiento. Me gustaría dar nombres, pero correría el riesgo de olvidarme de alguien.
Aquel día jugamos al fútbol como sabíamos hacerlo. No disponíamos de medios, de indumentaria, entrenador, de gente alentándonos, en fin, éramos unos marginados, pero humildes.
Ese día jugamos al fútbol, como lo habíamos hecho en el canal, en la huerta de las monjas, en el barrero, en la huerta Melchor, en el cementerio, en la playa, en nuestros patios, en los pisos del boquete…
Ese día jugamos al fútbol, jugamos y ganamos, ganamos por 5 goles a 1, y nunca ganamos nada. ¡Si hubiéramos tenido medios! ¡Quién sabe!
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