sábado
Homenajes, tercera parte.
Ø Manolo “el lechero”: este humilde y buen hombre venia desde Conil en una moto, su venta de leche la hacía por la tarde y sus labores en el campo y cuidados de sus animales por la mañana, esto es una puntualización para que veamos el sacrificio que tenía que hacer para mantener a su familia. Con el paso del tiempo su clientela fue en aumento, la demanda de leche era mayor, por lo que tuvo que cambiar la moto por una paquetera de color blanco, la venta que hacía era ilegal, no tenia los permisos necesarios, por lo que más de una vez cuando aparecía algún municipal, se tenía que esconder en casa de algún buen vecino, que se hacia cómplice de su honrado proceder. Muchos vasos de cola cao que nos hemos tomado preparados con esta leche, tan necesaria para el fortalecimiento de los huesos, desarrollo y crecimiento, aunque salvo excepciones , los de nuestra generación, no hemos crecido mucho, haber si había más agua que leche, bueno por lo menos la sed nos la quitaba. Manolo, actualmente se dedica a la venta de frutas y hortalizas, una furgoneta de color verde, a la que le puso el nombre de “Los trillizos” en honor al nacimiento de sus hijos, no sé cómo le quedaban fuerzas para semejante hazaña.
Ø Carmelín: este señor tenía una zapatería en la calle Real, cerquita de la esquina del “gordo” donde la mayoría de niños, padres, nietos y abuelos vecinos del barrio, alguna vez o muchas veces han puesto los pies en esta tienda y nunca mejor dicho. Zapatos gorila, con su pelotita verde de regalo, chavalines de loneta azul y puntera blanca para hacer deporte, botas de agua para los lluviosos inviernos y unos zapatos nuevos para estrenar el Domingo de Ramos o en Feria, antes nuestros padres normalmente solo salían en estas fiestas, hoy nos movemos más. Este negocio es de los pocos que han aguantado en primera línea el paso del tiempo, no hace mucho entré en la tienda, hablamos de tiempos pasados y me dijo con tristeza que su hijo no iba a continuar con la tradición, creo que ya está cerrada la zapatería.
viernes
Entre los "muros" y esteros
“Lavaera”, lleno de rocas y barro, sin apenas agua; también solía colocar las camaroneas o cangrejeras con grandes trozos de pescado, bien atados, entre las compuertas. Buenos guisos de cangrejos, con su coraza roja, cayeron en aquellos tiempos, incluso ahora me viene a la memoria, chavales que montaban su puesto ambulante para la venta de los mismos, muy bien ordenados por tamaños.
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domingo
Los homenajes, segunda parte
- Don Adolfo “el practicante”: este señor del cual no recuerdo su cara, iba por las casas donde era requerido sus servicios, bien para realizar una cura o para poner una inyección y esto era lo más habitual para lo que se le avisaba. En invierno iba siempre con un abrigo largo esa es la imagen que tengo de él, llevaba un viejo maletín, donde guardaba todo lo necesario para desarrollar su profesión, me llamaba la atención el método que empleaba para esterilizar las agujas, porque entonces no eran de un solo uso como ahora, sacaba una pequeña bandejita, supongo que de acero inoxidable, colocaba dentro la aguja, le echaba un poco de alcohol y le prendía fuego y ya estaba preparada, se acabó la distracción, ahora el pinchazo y a llorar.
- Miguel y su hijo Pepe: este buen hombre tenía una ferretería, droguería, mercería, porque vendía de todo, el local estaba situado en la calle del pozo esquina con Santa Gertrudis, justo debajo del horno de Pura, que gran panadería, situada estratégicamente frente al colegio San Antonio, donde los chiquillos, en el tiempo de recreo esperábamos con ansiedad pegados a la puerta del colegio, el regreso de nuestras madres del mercado de San Antonio, para que nos compraran los picos largos u ovalados que devorábamos con gran rapidez , pero que algunos días se compartían con el compañero que ese día a su madre no veía. A la ferretería iba yo mucho a comprar puntillas, ya que por Reyes algunas veces me traían un pequeño juego de carpintería, me buscaba unos trozos de madera y construía un fuerte para los pistoleros.
- El vendedor de helados: este señor del cual desconozco su nombre se dedicaba a la venta de helados, recorriendo el barrio montado en un carrito de tres ruedas que llevaba a pedales. En las calurosas y agobiantes tardes de verano, en las horas que nos resguardábamos del calor amparados en la sombra y frescura de las casapuertas se oía a este hombre con su grito característico de ¡hay lé! Creo que decía algo así, este grito nos hacia levantarnos y correr para casa en busca de dinero para comprarnos los deliciosos helados, polos o cortes que este vendedor ofrecía. Nuestras madres entusiasmadas, concentradas y relajadas en el único respiro que se daban durante el día, metían la mano en el delantal, sacaban el monedero y nos daban el dinero, para que las dejásemos tranquilas, ellas estaban plácidamente escuchando la novela radiofónica de SIMPLEMENTE MARIA. Este señor en invierno se dedicaba a la venta de barquillos, apetitosos tubos alargados de galleta, los llevaba en un depósito metálico, cilíndrico, de color celeste con tapas cromadas y con dos correas que le servían para colgárselo como una mochila.
Nos veremos en la tercera parte, esto no termina aquí.
sábado
Mi hermano Carlos
jueves
Nunca es tarde, si la dicha es buena
En mi memoria siempre tendré un especial recuerdo para un personaje, que creo que llegó a ser nombrado hijo adoptivo de San Fernando, cuyos meritos hacia la comunidad desconozco, porque en relación hacia nosotros, era un “malaje”. Pero claro, había que ponerse en su lugar, y ahora lo comprendo y entiendo perfectamente; nosotros, niños, con ganas de correr, saltar, y dar patadas a un balón todo el santo día, por aquellos tiempos, y perdonadme la expresión, teníamos que dar bastante “porculo”: que si había ropa tendida, que si había que tener cuidado con los coches que estaban aparcados (pocos en aquellos tiempos), que si la fachada estaba pintada, que si balonazo por aquí, que si balonazo por allá…; la verdad, que tuvimos que dar mucha lata, pero como éramos hijos de todos y la alegría de la calle, se tenían que aguantar, a excepción claro, de este caballero, y lo de caballero no lo digo en tono despectivo, lo digo con todo su significado. |
Vista parcial de la casa de Rafael Ortega |
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lunes
Hijos y Amigos de LUIS y VITORIA



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Un pequeño homenaje
C
on estas líneas quiero rendir un sencillo homenaje a una serie de personas, que con su humilde y modesta labor, formaron parte de la vida que por aquel entonces transcurría en las calles de tierra, de piedras peluas y adoquines de nuestro viejo barrio.Personas a las que, a los ojos de nuestra infancia se veían mayores, pero quizás, muchos de ellos tenían la edad que ahora mismo tenemos algunos de nosotros. Con todo mi cariño y respeto hablaré de algunos de ellos:
-José “el gatito “: tenía una granja y un baratillo. Este señor se dedicaba a la venta de huevos y a la compra de chatarra, cartones, metales, cobre, cristales, etc. Antes los chiquillos nos buscábamos la vida y esta era una buena opción para ganarse unas pesetillas con las que poder comprar algo de chuchería en la tienda de Emilia, o bien pagarse una entrada para la función de infantil de los domingos en el cine San Fernando y también recuerdo que cogimos cartones para pagar una excursión de fin de curso, creo recordar que fuimos a Rota y Chipiona. Afortunadamente en estos tiempos los niños lo tienen más fácil pero injustamente no valoran lo que tienen, aunque es normal, no han conocido las necesidades ni la falta de recursos económicos que había antes, más vale así.
-José “el del huerto”: José se dedicaba a su huerta trabajando de sol a sol, siempre en compañía de su leal e inseparable perro llamado garbancito. Su huerta colindaba con la casa donde yo vivía, cuando José se quedaba sin tabaco se asomaba a mi patio y llamaba al primer chiquillo que por allí estuviera, muchas veces que fui yo al estanco de María y Antonio situado en la calle Alcedo, popularmente conocida como la calle del Medio y le compraba Celta emboquillado. En las noches de verano se le solía ver subiendo la calle del Pozo, llevando un carrillo de mano cargado de deliciosos higos de tuna que vendía con facilidad en el barrio.
-Juan” el carbonero”: este hombre recorría el barrio montado en un viejo carromato del cual tiraba una obediente mula, el normalmente iba vestido con una camisa azul, pantalón gris y también llevaba una boina negra. Se dedicaba a la venta ambulante del carbón, el picón, la cal, sopladores, escobas de palmas etc. los productos necesarios de la época. El carbón era nuestro butano y la cal nuestra pintura, mucho humo que han tragado nuestras madres en la cocina, hasta que el gas hizo su aparición, aunque muchas personas en un principio se resistían al cambio por miedo a la explosión del butano y continuaron algún tiempo más con las incomodidades del carbón. Juan cuando dejó la venta del carbón estuvo trabajando de jardinero en la plazoleta del Carmen.
-Manolo y José “el picha fría”: estos señores eran hermanos y vivían en la calle del Pozo. Tenían una pequeña y modesta barbería en la calle Alcedo situada cerca del estanco y frente a la casa del Lete, muy conocida ésta por la compra y venta de camarones, lo que nos indica una de las actividades más desarrollada en el barrio, el marisqueo, un buen recurso para llevar el jornal a casa a base de muchos sudores y fatiga. Como iba diciendo, Manolo trabajaba en La Bazan y en sus ratos libres ejercía de barbero, su hermano José se dedicaba plenamente a la barbería, todavía siento el frio que te producía la maquinilla de acero cuando te la colocaba en el cogote y el sonido tan peculiar que tenía cuando iba cortando cla, cla, cla, cla. Muchos niños, jóvenes y mayores disfrutamos del buen hacer de estos sencillos y modestos barberos.
Continuará, todavía quedan muchas personas a las que quiero dedicar este pequeño homenaje.
Ajedrez
El enfrentamiento entre Kárpov y Korchnói en el año 1978, nos abrió los ojos por este fascinante mundo de las 64 casillas. Nuestros primeros escarceos entre peones, caballos y alfiles, comenzaron en la inolvidable Asociación de Vecinos del Carmen. En la humilde biblioteca de este recinto, por llamarle de alguna manera, había un librito de ajedrez, que nos introdujo de una manera provechosa en los entresijos de este juego: aperturas, medio juego, finales… Recuerdo que el pobre estaba bastante desgastado de tanto uso, había pasado en un corto periodo de tiempo por muchas manos; por mucho que lo intento, no logro recordar su título, una pena. Con este librito aprendimos la nomenclatura descriptiva (ahora predomina la algebraica), para descifrar aquellas partidas que reproducían los periódicos de la época. Entre nosotros había peleas por recortar la partida que traía, y sigue trayendo el periódico “El País”.
Por la barriada empezó a proliferar tableros de ajedrez de todo tipo con sus peculiares piezas listas para el combate, hasta tal punto que llegamos a organizar torneos entre nosotros, y, hasta la entrañable Asociación de Vecinos, organizó algún que otro torneo entre sus socios, y sin pecar de falsa modestia, gané uno de ellos. Me regalaron un bolígrafo de plástico, me pareció tan ridículo, que lo rompí y lo tiré. En la actualidad, somos pocos los que aún conservamos esta afición, y ya que estamos inmersos en el mundo de la informática, no sería mala idea emular aquellos campeonatos de barrio que un día llegamos a organizar, a través de Internet. Ahí queda la propuesta, que visto lo visto, caerá en saco roto, si lo sabré yo.
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domingo
Humildad con una Sonrisa
Más bien era lugar de encuentro, ocupaba gran parte de una esquina, de una calle estrecha, sinuosa, y otra calle más amplia, pero sin salida. Sus fachadas, de piedra, arena y cal, eran discretas, adornadas por una pequeña acera. Disponía de una amplia entrada, que daba acceso a un enorme patio; enfrente había un pequeño muro, de piedra y arena, que lo separaba de una hermosa huerta. Tendederos amplios, que a veces eran usados de improvisadas porterías. Había varias casas abandonadas, que el paso del tiempo las sumió en el olvido. Un servicio comunitario, alejado de las viviendas, con su puerta gris, te saludaba a la derecha, nada más entrar. No recuerdo bien, pero creo, que al girar a la izquierda, había un grifo de agua corriente, por lo que dudo si el agua llegaba a las humildes cocinas. Entrando a mano izquierda, estaban las dos únicas casas habitadas, de aquel emblemático lugar, acogedor, siempre abierto al visitante; una pequeña cocina, un pequeño salón y una habitación amplia, dormitorio de toda la familia. Era símbolo viviente de las penalidades por las sufrieron nuestras familias al comienzo de sus primeros inicios, por las que unos fueron saliendo antes que otros, cosas de la vida, con la diferencia de que ellos eran conscientes de estas circunstancias, y nosotros, también. Pero eso nunca nos importó, lo importante era el contenido, no el continente, y esto no es una póliza de seguros. No tuvieron esos juguetes, que nosotros conocimos, esa ansiada bicicleta, que algunos disfrutamos, antes o después, pero eso no les importaba, siempre estaban allí, con esa sonrisa y esos buenos gestos. Valores que siempre supimos reconocer, porque ante todo está la persona, no los bienes materiales; porque vosotros fuisteis y sois, buenas personas, y nos sentimos orgullosos de teneros como amigos. |
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jueves
El Parque de las Monjas
Sitio emblemático de nuestra juventud, donde hemos llegado a desarrollar actividades relacionadas con el juego, aventuras y deportes. De forma rectangular y con una gran variedad de árboles, donde destacaba la presencia de pinos, algún que otro algarrobo y arbustos que lo delimitaban perfectamente. En su parte central, rodeada de arbustos, había un terreno liso, propicio para la práctica del futbol; era el lugar más solicitado para correr detrás de un balón. Lo he contemplado a vista de pájaro, y ha desaparecido cerca de sus dos terceras partes y recibe el nombre de "Parque de Sacramento", hasta los nombres nos quieren cambiar. |
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miércoles
Cosas de Chiquillos
A veces caían, inadvertidamente, algún que otro muñequito, como un indio o un pistolero, de aquellos que reuníamos con mucho cariño y tesón, y que suponía para el que lo encontrase, como un tesoro hallado.
Llegábamos a reunir bastantes “alfileres”, ¿y para qué querríamos nosotros tantos “alfileres”?. Por aquellos tiempos los “alfileres”, la mayoría, eran de madera, después fueron apareciendo los de plástico, como actualmente. Pues procedíamos a desmontar los “alfileres” de madera, y construíamos pequeñas pistolas, un “alfiler” completo servía de montura y un palillo con su muelle, montado al revés, era utilizado de lanzadera de otro palillo o una piedrecita.
Hacíamos dos bandos, cada uno con sus muñequitos (indios y pistoleros), bien parapetados en sus escondrijos, y nos liábamos a tiro limpio, hasta derribar a todos los muñecos enemigos.
Era divertido, y muy barato, por no decir que era totalmente gratis, virtual, que va, era totalmente real, porque más de una vez te pegaban un tiro, ni consolas, ni ordenadores, ni que “ocho cuartos”.
Antiguamente, por nuestras calles, proliferaba una especie de animalito que campaba a sus anchas por azoteas y partes bajas de los pocos vehículos que existían en aquella época, aprovechaban cualquier agujero o lugar tranquilo y parían sus crías. Rebuscaban en las basuras para su sustento diario, se multiplicaban sin problemas, sus camadas jugaban por las aceras y dormitaban en los lugares más insospechados; hasta que llegamos nosotros, que empezamos a hacerles la vida imposible. Como habrán adivinado, eran los Gatos.
Llegaba la noche, y como estos animalitos tienen una actividad nocturna, y nosotros, claro, a esas altas horas de la noche, hartos de jugar, correr, saltar, contar chistes y pegarnos muchos “peos”, perdón, pedos, que suena más fino, soltábamos ese grito de guerra: ¡VAMOS A MATAR GATOS!
La verdad, aunque el grito ese, sea fuerte, nunca llegamos a matar a ninguno, alguna que otra buena patada, acorralamiento y susto para el animalito y nada más. Ese ya se lo pensaría dos veces en hacer acto de presencia en algunos días por allí.
La llegada del Verano suponía la aparición de una especie de insecto, que a la llegada de la noche, se hacía notar con un ruido estridente, molesto y cansino, que utilizaba para llamar la atención de las hembras. Si se te colaba en casa, esa noche no dormías, hasta que acababas a zapatazo limpio, con su corta vida. Eran los Grillos. Los había de dos clases: negro de unos 4 centímetros de longitud, y marrón, algo más pequeño y de movimiento más ágil.
Estos solían situarse en las paredes, a baja altura y en cualquier rincón o esquina, por lo que eran fáciles de capturar.
Si en la barriada había alguien que nos caía mal, reuníamos la mayor cantidad posible de estos inocentes animalitos, o insectitos, y se los echábamos por debajo de la puerta. Si tienen alguna duda de esta circunstancia, pregúntenle a Carlos y Candelaria u otro desaprensivo o “malaje” de algún que otro bloque de pisos más arriba.
Con la llegada del progreso desapareció una de las huertas emblemáticas de los alrededores, la Huerta del “Policía”, aunque fue poco frecuentada por nuestra generación, que yo sepa. Se construyeron dos cadenas de edificios primorosos, de gran altura para los vistos en aquellos tiempos, y un colegio con un inmenso recreo dividido en dos partes, que llegaría a ser nuestro colegio.
Cuando estos enormes bloques de pisos comenzaron ser habitados, por personas pudientes, nosotros, chiquillos, de baja procedencia, emulando la vida nocturna gatuna, recorríamos sus basuras y las registrábamos en busca de algún juguete, revista o tebeo, que estos señores habían desechado y nosotros reutilizábamos sin ningún pudor.
Qué pensarían asomados en sus ventanas, si hoy en día estas cosas las vemos por televisión, y no sólo buscan cosas, también comida, esto si que es grave, vergonzoso, deplorable, porque ellos no son culpables, sino esta maldita sociedad de progreso y devastación.
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martes
Nuestros Juegos
La generación que nos tocó vivir no disponíamos de las facilidades, que nosotros hoy en día aportamos a nuestros hijos; dista un abismo. Ordenadores, consolas de juego, mp3, mp4, teléfonos móviles… |
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domingo
Mira y Escucha
sábado
GAMBERRADAS DE ADOLESCENTES
jueves
Carta a un amigo
Hace muchos años, el destino quiso que en mi camino se cruzara un chavalín, dos meses mayor que yo, era delgado, más alto que yo, siempre iba peinado con una raya al lado pero su lucha era el flequillo, siempre le caía en los ojos, tímido, introvertido y poco hablador .
Nos unió la infancia, continuamos juntos el camino, en la misma dirección y con los mismos pensamientos, para enfrentarnos a la temida y difícil adolescencia, una adolescencia a la vez mágica y encantadora, si se pudiera retroceder en el tiempo, esa etapa la viviría de nuevo y con los mismos amigos.
En este periodo de nuestra vida, nadie está contento de cómo es, el que es delgado quiere estar más gordo, el gordo más delgado, el que es bajo quiere ser más alto, el moreno quiere ser rubio, el que tiene el pelo rizado lo quiere lacio, etc. etc. etc. Pero el tiempo habla y la experiencia te enseña, que lo más importante de un ser humano no es su aspecto físico sino su interior, lo que no se ve, pero que todos sabemos que está ahí, en tu mente y en tu corazón.
Los que te conocemos bien, te queremos y te apreciamos, eso no lo olvides nunca, cada uno es como es, con sus defectos y sus virtudes y tú tienes muchas y buenas, pero no sabes valorarlas en su justa medida. Tienes talento, inteligencia y creatividad, eres persistente y tenaz, cuando te propones algo, luchas por conseguirlo, no te das por vencido tan fácilmente.
Eres sincero, vas siempre con la verdad por delante, aunque esto te puede traer problemas, en esta vida, llena de tanta hipocresía y tanta mentira y más a una persona como tú, tan sensible y sentimental.
Bueno muchacho, el tren de la vida continúa su viaje, pero no logra separar esta verdadera amistad.
miércoles
"El Pescailla"
Malditos complejos, que pueden llegar a modificar la conducta de una persona, desde su infancia hasta la madurez. La formación recibida, o mejor dicho, la que ha estado ausente. La que le apartó del verdadero camino, que debió haber tomado. Se sintió sólo, cuando no debía, a pesar de estar rodeado de otros seres, muy próximos, pero, que cautivados por el ritmo de la vida, por sus normales preocupaciones; fue ignorado. Estaba encerrado, no lo pudieron liberar, parapetado, debajo de una cama, dentro de su oscuridad, de su blanca piel. La senda donde se encuentra, ya no tiene salida, no se bifurca, es una línea irregular, pero que marcha en un solo sentido. Ya no hay posibilidad de poder cambiarla, está inmerso en ella. No ambiciona riqueza, ni acumula envidia, ni rencor, ni busca consuelo, ni se quiere excusar, asume su papel, equivocado. No quiere ser juez; tampoco, en su debido momento, supo pedir ayuda. No quiere protagonismo, sólo ansía encontrar ese atajo que le lleve a ser esa persona, que pudo haber sido, y que nunca, a lo mejor, sabrá. |
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domingo
El Tren de la Vida, nunca se detiene
Hola, soy yo, no me conocéis, seguro que alguien se acuerda de mi. |
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Vista parcial de la casa de Rafael Ortega