sábado

 

Homenajes, tercera parte.

Continúa el espacio dedicado a los homenajes.

Ø Manolo “el lechero”: este humilde y buen hombre venia desde Conil en una moto, su venta de leche la hacía por la tarde y sus labores en el campo y cuidados de sus animales por la mañana, esto es una puntualización para que veamos el sacrificio que tenía que hacer para mantener a su familia. Con el paso del tiempo su clientela fue en aumento, la demanda de leche era mayor, por lo que tuvo que cambiar la moto por una paquetera de color blanco, la venta que hacía era ilegal, no tenia los permisos necesarios, por lo que más de una vez cuando aparecía algún municipal, se tenía que esconder en casa de algún buen vecino, que se hacia cómplice de su honrado proceder. Muchos vasos de cola cao que nos hemos tomado preparados con esta leche, tan necesaria para el fortalecimiento de los huesos, desarrollo y crecimiento, aunque salvo excepciones , los de nuestra generación, no hemos crecido mucho, haber si había más agua que leche, bueno por lo menos la sed nos la quitaba. Manolo, actualmente se dedica a la venta de frutas y hortalizas, una furgoneta de color verde, a la que le puso el nombre de “Los trillizos” en honor al nacimiento de sus hijos, no sé cómo le quedaban fuerzas para semejante hazaña.
Ø Carmelín: este señor tenía una zapatería en la calle Real, cerquita de la esquina del “gordo” donde la mayoría de niños, padres, nietos y abuelos vecinos del barrio, alguna vez o muchas veces han puesto los pies en esta tienda y nunca mejor dicho. Zapatos gorila, con su pelotita verde de regalo, chavalines de loneta azul y puntera blanca para hacer deporte, botas de agua para los lluviosos inviernos y unos zapatos nuevos para estrenar el Domingo de Ramos o en Feria, antes nuestros padres normalmente solo salían en estas fiestas, hoy nos movemos más. Este negocio es de los pocos que han aguantado en primera línea el paso del tiempo, no hace mucho entré en la tienda, hablamos de tiempos pasados y me dijo con tristeza que su hijo no iba a continuar con la tradición, creo que ya está cerrada la zapatería.

viernes

 

Entre los "muros" y esteros


Nos gustaba dar paseos entre las aguas cristalinas, cautivas, hábitat de numerosos peces, cangrejos y camarones; nos parábamos en las compuertas a contemplar como el agua aprovechaba cualquier resquicio para pasar de un lugar a otro. Cuando la marea estaba vacía, numerosos cangrejos y “bocas” corrían entre el barro en busca de sus “cuevas”, al vernos aproximar, o se escondían entre las numerosas rocas acumuladas en las compuertas a escasa profundidad. Recuerdo alfombras de lino (“sepina”) flotar en las tranquilas aguas, debajo de las cuales se escondían multitud de camarones. Dábamos largos paseos entre aquel laberinto de esteros; recorríamos desde el puente “Lavaera”, bordeando uno de los innumerables caños que desembocan en el rió “Zurraque”, hasta las proximidades del puente “Zuazo”, y a veces, nos atrevíamos a ir un poco más lejos, pero siempre con extremo cuidado de no perdernos.

Antes de cruzar el puente “Lavaera”, a mano izquierda, a lo lejos, se podía contemplar una casa en ruinas, una de tantas que antiguamente existían y salpicaban aquellos contornos, vivienda, en un pasado no muy remoto, de guardas y capataces que nunca llegábamos a ver. En esta casa ruinosa tuvo lugar un enfrentamiento pugilístico, entre dos chavales que intentaban dirimir sus diferencias, a cuento de no se qué. Armados cada uno de un solo guante de boxeo, realizados de forma artesanal. Había espectadores no invitados, que el árbitro del combate, se encargó de ahuyentar exhibiendo sus “partes” en estado supremo. Dantesco.

Con la marea vacía, más de una vez fui con mi cuñado Juan a coger cangrejos, justo debajo del puente
“Lavaera”, lleno de rocas y barro, sin apenas agua; también solía colocar las camaroneas o cangrejeras con grandes trozos de pescado, bien atados, entre las compuertas. Buenos guisos de cangrejos, con su coraza roja, cayeron en aquellos tiempos, incluso ahora me viene a la memoria, chavales que montaban su puesto ambulante para la venta de los mismos, muy bien ordenados por tamaños.

A pesar de que han pasado unos treinta y cinco años, aún sigo teniendo remordimiento de conciencia por un hecho que tuvo lugar en el primer estero de la Huerta “Vaca” (creo que así era como la llamábamos), justo donde terminaba la huerta, a mano izquierda, donde había una pequeña vereda que pasaba por detrás de las casas que bordeaban ese estero, “la pieza”, que más bien era un estercolero lleno de tipo de restos de cosas que la gente no quería y allí arrojaba. No recuerdo quién iba conmigo, lo que si recuerdo perfectamente era esa jauría de chavales, enfervorecida, que desde ambos lados del estero dábamos caza a un perro caído en el agua, a base de tirarle piedras al pobre animal, cuyos esfuerzos por intentar salir eran infructuosos. Allí sucumbió, ahogado y golpeado por enormes piedras. Tengo que decir en mi descarga, que sólo llegué a lanzar una o dos piedras, suficientes para haber participado, pero que enseguida me arrepentí.

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domingo

 

Los homenajes, segunda parte

- Don Adolfo “el practicante”: este señor del cual no recuerdo su cara, iba por las casas donde era requerido sus servicios, bien para realizar una cura o para poner una inyección y esto era lo más habitual para lo que se le avisaba. En invierno iba siempre con un abrigo largo esa es la imagen que tengo de él, llevaba un viejo maletín, donde guardaba todo lo necesario para desarrollar su profesión, me llamaba la atención el método que empleaba para esterilizar las agujas, porque entonces no eran de un solo uso como ahora, sacaba una pequeña bandejita, supongo que de acero inoxidable, colocaba dentro la aguja, le echaba un poco de alcohol y le prendía fuego y ya estaba preparada, se acabó la distracción, ahora el pinchazo y a llorar.
- Miguel y su hijo Pepe: este buen hombre tenía una ferretería, droguería, mercería, porque vendía de todo, el local estaba situado en la calle del pozo esquina con Santa Gertrudis, justo debajo del horno de Pura, que gran panadería, situada estratégicamente frente al colegio San Antonio, donde los chiquillos, en el tiempo de recreo esperábamos con ansiedad pegados a la puerta del colegio, el regreso de nuestras madres del mercado de San Antonio, para que nos compraran los picos largos u ovalados que devorábamos con gran rapidez , pero que algunos días se compartían con el compañero que ese día a su madre no veía. A la ferretería iba yo mucho a comprar puntillas, ya que por Reyes algunas veces me traían un pequeño juego de carpintería, me buscaba unos trozos de madera y construía un fuerte para los pistoleros.
- El vendedor de helados: este señor del cual desconozco su nombre se dedicaba a la venta de helados, recorriendo el barrio montado en un carrito de tres ruedas que llevaba a pedales. En las calurosas y agobiantes tardes de verano, en las horas que nos resguardábamos del calor amparados en la sombra y frescura de las casapuertas se oía a este hombre con su grito característico de ¡hay lé! Creo que decía algo así, este grito nos hacia levantarnos y correr para casa en busca de dinero para comprarnos los deliciosos helados, polos o cortes que este vendedor ofrecía. Nuestras madres entusiasmadas, concentradas y relajadas en el único respiro que se daban durante el día, metían la mano en el delantal, sacaban el monedero y nos daban el dinero, para que las dejásemos tranquilas, ellas estaban plácidamente escuchando la novela radiofónica de SIMPLEMENTE MARIA. Este señor en invierno se dedicaba a la venta de barquillos, apetitosos tubos alargados de galleta, los llevaba en un depósito metálico, cilíndrico, de color celeste con tapas cromadas y con dos correas que le servían para colgárselo como una mochila.
Nos veremos en la tercera parte, esto no termina aquí.


sábado

 

Mi hermano Carlos

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jueves

 

Nunca es tarde, si la dicha es buena

En mi memoria siempre tendré un especial recuerdo para un personaje, que creo que llegó a ser nombrado hijo adoptivo de San Fernando, cuyos meritos hacia la comunidad desconozco, porque en relación hacia nosotros, era un “malaje”. Pero claro, había que ponerse en su lugar, y ahora lo comprendo y entiendo perfectamente; nosotros, niños, con ganas de correr, saltar, y dar patadas a un balón todo el santo día, por aquellos tiempos, y perdonadme la expresión, teníamos que dar bastante “porculo”: que si había ropa tendida, que si había que tener cuidado con los coches que estaban aparcados (pocos en aquellos tiempos), que si la fachada estaba pintada, que si balonazo por aquí, que si balonazo por allá…; la verdad, que tuvimos que dar mucha lata, pero como éramos hijos de todos y la alegría de la calle, se tenían que aguantar, a excepción claro, de este caballero, y lo de caballero no lo digo en tono despectivo, lo digo con todo su significado.
Este Señor tenía una casa espléndida, ya tristemente desaparecida y convertida en bloque de pisos y garaje, como casi todo lo bueno que hemos conocido en nuestra niñez, con un hermoso huerto y árboles enormes, la cual solo era habitada por él y su esposa, Inés, creo que era su nombre; una buena Señora, que no se metía en nada. Muchas veces este Señor intentó quitarnos la pelota, cuando jugábamos al futbol en el patio rectangular, ya que una de las porterías, estaba justo delante de su fachada y entrada a la casa; el pobre, como era bastante mayor, unos setenta años, fracasaba en la mayoría de los intentos, por no decir que en todos, y nosotros, claro, seguíamos jugando; que poca vergüenza, ¿verdad?, la nuestra digo.
Pues recuerdo a este caballero siempre bien vestido, con su chaqueta o rebeca, su pelo oscuro, peinado hacia atrás, y sobre todo, sus enormes gafas negras. Como es de suponer, este Señor, descansó hace tiempo ya, primero su mujer, con demencia seníl tengo entendido, y más tarde él, afectado por alzhéimer; ley de vida, pero quiero que sepa, allá donde esté, que ninguno de nosotros le guardamos ningún tipo de rencor, y que los avatares de la vida, nos hicieron coincidir en tales circunstancias, y, si cabe más, todos nosotros desde estas humildes líneas, le pedimos PERDÓN. Tenía nombre y apellido ilustres, igual que el de su sobrino, para la ciudad de San Fernando y para el mundo de los Toros: RAFAEL ORTEGA, matador de toros.

Vista parcial de la casa de Rafael Ortega

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lunes

 

Hijos y Amigos de LUIS y VITORIA

Creo que sería interesante poder identificar a todos los que aparecen en esta serie de fotografías, y una vez identificados, colocamos sus nombres debajo de ellas. Por lo tanto, teneis que colaborar a base de comentarios.



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Un pequeño homenaje

C

on estas líneas quiero rendir un sencillo homenaje a una serie de personas, que con su humilde y modesta labor, formaron parte de la vida que por aquel entonces transcurría en las calles de tierra, de piedras peluas y adoquines de nuestro viejo barrio.
Personas a las que, a los ojos de nuestra infancia se veían mayores, pero quizás, muchos de ellos tenían la edad que ahora mismo tenemos algunos de nosotros. Con todo mi cariño y respeto hablaré de algunos de ellos:
-José “el gatito “: tenía una granja y un baratillo. Este señor se dedicaba a la venta de huevos y a la compra de chatarra, cartones, metales, cobre, cristales, etc. Antes los chiquillos nos buscábamos la vida y esta era una buena opción para ganarse unas pesetillas con las que poder comprar algo de chuchería en la tienda de Emilia, o bien pagarse una entrada para la función de infantil de los domingos en el cine San Fernando y también recuerdo que cogimos cartones para pagar una excursión de fin de curso, creo recordar que fuimos a Rota y Chipiona. Afortunadamente en estos tiempos los niños lo tienen más fácil pero injustamente no valoran lo que tienen, aunque es normal, no han conocido las necesidades ni la falta de recursos económicos que había antes, más vale así.
-José “el del huerto”: José se dedicaba a su huerta trabajando de sol a sol, siempre en compañía de su leal e inseparable perro llamado garbancito. Su huerta colindaba con la casa donde yo vivía, cuando José se quedaba sin tabaco se asomaba a mi patio y llamaba al primer chiquillo que por allí estuviera, muchas veces que fui yo al estanco de María y Antonio situado en la calle Alcedo, popularmente conocida como la calle del Medio y le compraba Celta emboquillado. En las noches de verano se le solía ver subiendo la calle del Pozo, llevando un carrillo de mano cargado de deliciosos higos de tuna que vendía con facilidad en el barrio.
-Juan” el carbonero”: este hombre recorría el barrio montado en un viejo carromato del cual tiraba una obediente mula, el normalmente iba vestido con una camisa azul, pantalón gris y también llevaba una boina negra. Se dedicaba a la venta ambulante del carbón, el picón, la cal, sopladores, escobas de palmas etc. los productos necesarios de la época. El carbón era nuestro butano y la cal nuestra pintura, mucho humo que han tragado nuestras madres en la cocina, hasta que el gas hizo su aparición, aunque muchas personas en un principio se resistían al cambio por miedo a la explosión del butano y continuaron algún tiempo más con las incomodidades del carbón. Juan cuando dejó la venta del carbón estuvo trabajando de jardinero en la plazoleta del Carmen.
-Manolo y José “el picha fría”: estos señores eran hermanos y vivían en la calle del Pozo. Tenían una pequeña y modesta barbería en la calle Alcedo situada cerca del estanco y frente a la casa del Lete, muy conocida ésta por la compra y venta de camarones, lo que nos indica una de las actividades más desarrollada en el barrio, el marisqueo, un buen recurso para llevar el jornal a casa a base de muchos sudores y fatiga. Como iba diciendo, Manolo trabajaba en La Bazan y en sus ratos libres ejercía de barbero, su hermano José se dedicaba plenamente a la barbería, todavía siento el frio que te producía la maquinilla de acero cuando te la colocaba en el cogote y el sonido tan peculiar que tenía cuando iba cortando cla, cla, cla, cla. Muchos niños, jóvenes y mayores disfrutamos del buen hacer de estos sencillos y modestos barberos.
Continuará, todavía quedan muchas personas a las que quiero dedicar este pequeño homenaje.

 

Ajedrez

Sobre finales de los 70, nos entró el gusanillo del ajedrez, ya a una edad bastante tardía. Empezaba a llegar a nuestros oídos los nombres de Anatoli Kárpov, Bobby Fischer, Viktor Korchnói… Fischer había renunciado, años atrás, a defender su título de campeón mundial de ajedrez tras diversos problemas con la FIDE, tras arrebatar, después de muchos años, la preciada corona a los rusos, concretamente a Borís Spaski. Desgraciadamente, este gran genio del ajedrez se enclaustró y desapareció de la escena del ajedrez, para morir en el 2008.
El enfrentamiento entre Kárpov y Korchnói en el año 1978, nos abrió los ojos por este fascinante mundo de las 64 casillas. Nuestros primeros escarceos entre peones, caballos y alfiles, comenzaron en la inolvidable Asociación de Vecinos del Carmen. En la humilde biblioteca de este recinto, por llamarle de alguna manera, había un librito de ajedrez, que nos introdujo de una manera provechosa en los entresijos de este juego: aperturas, medio juego, finales… Recuerdo que el pobre estaba bastante desgastado de tanto uso, había pasado en un corto periodo de tiempo por muchas manos; por mucho que lo intento, no logro recordar su título, una pena. Con este librito aprendimos la nomenclatura descriptiva (ahora predomina la algebraica), para descifrar aquellas partidas que reproducían los periódicos de la época. Entre nosotros había peleas por recortar la partida que traía, y sigue trayendo el periódico “El País”.
Por la barriada empezó a proliferar tableros de ajedrez de todo tipo con sus peculiares piezas listas para el combate, hasta tal punto que llegamos a organizar torneos entre nosotros, y, hasta la entrañable Asociación de Vecinos, organizó algún que otro torneo entre sus socios, y sin pecar de falsa modestia, gané uno de ellos. Me regalaron un bolígrafo de plástico, me pareció tan ridículo, que lo rompí y lo tiré. En la actualidad, somos pocos los que aún conservamos esta afición, y ya que estamos inmersos en el mundo de la informática, no sería mala idea emular aquellos campeonatos de barrio que un día llegamos a organizar, a través de Internet. Ahí queda la propuesta, que visto lo visto, caerá en saco roto, si lo sabré yo.

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domingo

 

Humildad con una Sonrisa

      Más bien era lugar de encuentro, ocupaba gran parte de una esquina, de una calle estrecha, sinuosa, y otra calle más amplia, pero sin salida. Sus fachadas, de piedra, arena y cal, eran discretas, adornadas por una pequeña acera. Disponía de una amplia entrada, que daba acceso a un enorme patio; enfrente había un pequeño muro, de piedra y arena, que lo separaba de una hermosa huerta. Tendederos amplios, que a veces eran usados de improvisadas porterías. Había varias casas abandonadas, que el paso del tiempo las sumió en el olvido. Un servicio comunitario, alejado de las viviendas, con su puerta gris, te saludaba a la derecha, nada más entrar.

      No recuerdo bien, pero creo, que al girar a la izquierda, había un grifo de agua corriente, por lo que dudo si el agua llegaba a las humildes cocinas. Entrando a mano izquierda, estaban las dos únicas casas habitadas, de aquel emblemático lugar, acogedor, siempre abierto al visitante; una pequeña cocina, un pequeño salón y una habitación amplia, dormitorio de toda la familia.

      Era símbolo viviente de las penalidades por las sufrieron nuestras familias al comienzo de sus primeros inicios, por las que unos fueron saliendo antes que otros, cosas de la vida, con la diferencia de que ellos eran conscientes de estas circunstancias, y nosotros, también.

      Pero eso nunca nos importó, lo importante era el contenido, no el continente, y esto no es una póliza de seguros. No tuvieron esos juguetes, que nosotros conocimos, esa ansiada bicicleta, que algunos disfrutamos, antes o después, pero eso no les importaba, siempre estaban allí, con esa sonrisa y esos buenos gestos. Valores que siempre supimos reconocer, porque ante todo está la persona, no los bienes materiales; porque vosotros fuisteis y sois, buenas personas, y nos sentimos orgullosos de teneros como amigos.

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jueves

 

El Parque de las Monjas

Sitio emblemático de nuestra juventud, donde hemos llegado a desarrollar actividades relacionadas con el juego, aventuras y deportes. De forma rectangular y con una gran variedad de árboles, donde destacaba la presencia de pinos, algún que otro algarrobo y arbustos que lo delimitaban perfectamente. En su parte central, rodeada de arbustos, había un terreno liso, propicio para la práctica del futbol; era el lugar más solicitado para correr detrás de un balón.
En las proximidades de la Barriada Sacramento, sin salirnos del parque en cuestión, había un patio de tierra perfectamente rectangular, rodeado en todo su contorno de un bordillo a modo de banco, que denominábamos “La Pista”. En este patio tenía lugar los encuentros de futbol de menor envergadura.
“La Pista” colindaba con una casa en ruinas, que tenía pinta de haber sido, tiempo atrás, un Convento, o la casa de un terrateniente, a saber. Recorríamos sus habitaciones, escaleras, patios interiores y saltábamos a través de sus ventanas, sin tener nunca conciencia del peligro al que estábamos sometidos, debido al estado ruinoso que presentaba.
Detrás de este edificio se extendía una gran parte del parque, con árboles aislados, próximos a las lindes y donde su terreno era más irregular, pero disponíamos de él, cuando todos los campos para la práctica del futbol, estaban ocupados.
En este lugar había varios algarrobos, cuyos frutos siempre fueron bien recibidos por nuestro paladar.
También había un pino muy singular al que llegamos a denominar “El Buenavista”, porque desde él, teníamos una gran visión del resto del parque. La disposición de sus ramas era propicia para la construcción de una caseta, que tras varios intentos, quedó en un mero proyecto, ahogado por la falta de medios, porque el entusiasmo nunca nos faltó.
A la entrada del parque, cerca del antiguo economato, había tres árboles que habían crecido muy próximos, y una vez subidos en ellos, nos encantaba pasar de un árbol a otro, como prueba de valor y habilidad, y donde un componente de nuestro grupo, estuvo a punto de dejar sus pantalones y calzoncillos, en un intento de saltar desde una rama al suelo, ya que se quedó en el aire, colgado de ellos.
Nos gustaba emular las aventuras de Tarzán de los Monos, pero sin cuerdas, aunque nos parecíamos más a los monos, y en uno de estos intentos, cierto componente asiduo del parque, sintió como su antebrazo, al contacto con el suelo, se rompía.
Ya fuera de este emblemático lugar, pero muy cerca, había una especie de túnel, de paso obligado para todos nosotros: “El Pasaje de la Música”. Escaparate singular, donde se exponían todo tipo de electrodomésticos y muebles, fuera del alcance de nuestras familias, donde sus enormes cristaleras conformaban la frontera entre el lujo y la miseria, aunque nosotros nunca llegamos a ser conscientes de ello, ni falta que nos hacía.

Lo he contemplado a vista de pájaro, y ha desaparecido cerca de sus dos terceras partes y recibe el nombre de "Parque de Sacramento", hasta los nombres nos quieren cambiar.

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miércoles

 

Cosas de Chiquillos

Había días que recorríamos toda la manzana de pisos, en las proximidades de los balcones, para recoger los “alfileres” (pinzas para tender la ropa), como así le llamábamos, que caían de los pisos superiores, y sus dueños no se preocupaban de recoger.
A veces caían, inadvertidamente, algún que otro muñequito, como un indio o un pistolero, de aquellos que reuníamos con mucho cariño y tesón, y que suponía para el que lo encontrase, como un tesoro hallado.
Llegábamos a reunir bastantes “alfileres”, ¿y para qué querríamos nosotros tantos “alfileres”?. Por aquellos tiempos los “alfileres”, la mayoría, eran de madera, después fueron apareciendo los de plástico, como actualmente. Pues procedíamos a desmontar los “alfileres” de madera, y construíamos pequeñas pistolas, un “alfiler” completo servía de montura y un palillo con su muelle, montado al revés, era utilizado de lanzadera de otro palillo o una piedrecita.
Hacíamos dos bandos, cada uno con sus muñequitos (indios y pistoleros), bien parapetados en sus escondrijos, y nos liábamos a tiro limpio, hasta derribar a todos los muñecos enemigos.
Era divertido, y muy barato, por no decir que era totalmente gratis, virtual, que va, era totalmente real, porque más de una vez te pegaban un tiro, ni consolas, ni ordenadores, ni que “ocho cuartos”.
Antiguamente, por nuestras calles, proliferaba una especie de animalito que campaba a sus anchas por azoteas y partes bajas de los pocos vehículos que existían en aquella época, aprovechaban cualquier agujero o lugar tranquilo y parían sus crías. Rebuscaban en las basuras para su sustento diario, se multiplicaban sin problemas, sus camadas jugaban por las aceras y dormitaban en los lugares más insospechados; hasta que llegamos nosotros, que empezamos a hacerles la vida imposible. Como habrán adivinado, eran los Gatos.
Llegaba la noche, y como estos animalitos tienen una actividad nocturna, y nosotros, claro, a esas altas horas de la noche, hartos de jugar, correr, saltar, contar chistes y pegarnos muchos “peos”, perdón, pedos, que suena más fino, soltábamos ese grito de guerra: ¡VAMOS A MATAR GATOS!
La verdad, aunque el grito ese, sea fuerte, nunca llegamos a matar a ninguno, alguna que otra buena patada, acorralamiento y susto para el animalito y nada más. Ese ya se lo pensaría dos veces en hacer acto de presencia en algunos días por allí.
La llegada del Verano suponía la aparición de una especie de insecto, que a la llegada de la noche, se hacía notar con un ruido estridente, molesto y cansino, que utilizaba para llamar la atención de las hembras. Si se te colaba en casa, esa noche no dormías, hasta que acababas a zapatazo limpio, con su corta vida. Eran los Grillos. Los había de dos clases: negro de unos 4 centímetros de longitud, y marrón, algo más pequeño y de movimiento más ágil.
Estos solían situarse en las paredes, a baja altura y en cualquier rincón o esquina, por lo que eran fáciles de capturar.
Si en la barriada había alguien que nos caía mal, reuníamos la mayor cantidad posible de estos inocentes animalitos, o insectitos, y se los echábamos por debajo de la puerta. Si tienen alguna duda de esta circunstancia, pregúntenle a Carlos y Candelaria u otro desaprensivo o “malaje” de algún que otro bloque de pisos más arriba.
Con la llegada del progreso desapareció una de las huertas emblemáticas de los alrededores, la Huerta del “Policía”, aunque fue poco frecuentada por nuestra generación, que yo sepa. Se construyeron dos cadenas de edificios primorosos, de gran altura para los vistos en aquellos tiempos, y un colegio con un inmenso recreo dividido en dos partes, que llegaría a ser nuestro colegio.
Cuando estos enormes bloques de pisos comenzaron ser habitados, por personas pudientes, nosotros, chiquillos, de baja procedencia, emulando la vida nocturna gatuna, recorríamos sus basuras y las registrábamos en busca de algún juguete, revista o tebeo, que estos señores habían desechado y nosotros reutilizábamos sin ningún pudor.
Qué pensarían asomados en sus ventanas, si hoy en día estas cosas las vemos por televisión, y no sólo buscan cosas, también comida, esto si que es grave, vergonzoso, deplorable, porque ellos no son culpables, sino esta maldita sociedad de progreso y devastación.

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martes

 

Nuestros Juegos

La generación que nos tocó vivir no disponíamos de las facilidades, que nosotros hoy en día aportamos a nuestros hijos; dista un abismo. Ordenadores, consolas de juego, mp3, mp4, teléfonos móviles…
Si en nuestros tiempos era difícil hasta de disponer de un reloj de mano; ¡cuánto tardaría en llegar el primero!
Ahora todos estos avances forman parte indispensable de nuestras vidas, pero hace 40 años, nosotros nos las ingeniábamos para disfrutar de todo aquello que estuviera a nuestro alcance, sin necesidad de avances tecnológicos.
¿Quién no ha coleccionado “latillas”?; las aplastábamos y con una caja de cartón y unos cuantos agujeros, montábamos un puesto ambulante.
Cuando nuestras calles eran vírgenes, libres de adoquines o de asfalto, y la lluvia hacía acto de presencia, formábamos pequeñas presas para retener el agua de la lluvia, o hacíamos carreras de barcos con cualquier cosa que fuera capaz de flotar. Recuerdo como la erosión del agua descubría aquellos grandes pedruscos, redondos y lisos, de un color gris azulado, y formaba aquellos pequeños ríos que corrían cuesta abajo. Nos poníamos las botas de agua, y nos hacíamos dueño de cualquier charco, en especial uno que se formaba entre el Colegio San Antonio y el bloque de pisos donde vivían los "maestros".
Cuando nuestros patios eran de arena, jugábamos a la “Lima”; pintábamos en el terreno una serie de cuadrados contiguos y había que apropiarse de la mayor cantidad posible de ellos.
Llegaba la época de los “trompos”, y ahí estábamos nosotros, con nuestra cuerda especialmente preparada para el juego, y nuestro trompo especial, intocable, y que para los malos momentos, siempre disponíamos uno de repuesto, el que se llevaba todos los golpes y “puazos”.
Los juegos con las canicas, los “bolis” para las clases bajas; había que meter el boli en un agujero para tener derecho a golpear al boli del contrincante, con un impulso que dábamos con un dedo de la mano (la “Maña”, que no tiene nada que ver con la aragonesa). El contrincante se veía en la obligación de “pagar” con otro boli por el “meco” recibido. Había también otra variedad, el “Kribi”, que no se como se escribe, porque seguramente, es la primera vez que alguien lo hace; se colocaban unos cuantos bolis en un triangulo, y había que sacarlos del mismo a base de “mecos”.
Quién no recuerda la denominación que le dábamos a las distintas clases de canicas: de mármol, de cristal, de nácar, de hueso… (Para conseguir uno de cristal, había que dar dos mecos).
Nos encaminábamos a la huerta “Vaca”, y con cualquier utensilio a modo de machete, nos habríamos camino a través de las altas y malas hierbas del terreno, parecíamos conquistadores en medio de la jungla; nos procurábamos de un gran número de botellas y las utilizábamos de blanco; cogíamos cáscaras de patatas y cultivábamos un huerto.
Atravesábamos la primera “pieza”, por una especie de puente artesanal, un “pasaero”. La “pieza” era una especie de estero abandonado, lleno de todo tipo de basura, donde su agua, por llamarla de alguna forma, tenía un color difícil de descifrar. Más de uno se ha caído a sus putrefactas aguas, al intentar cruzarlo, que me lo pregunten a mí.
Improvisábamos con ramas una especie de cazamariposas, y ahí salíamos corriendo detrás de ellas, pobrecillas, vaya exterminio que realizábamos.
Nos encaminábamos a la fábrica de “Paquíqui”, y más de una vez degustamos las caballas que exponían al sol, para que se secasen, o cambiábamos de rumbo y tirábamos hacia el puente de “Lavaera”, y recorríamos toda aquella zona de esteros, limpia de contaminación, sin verjas, en busca, ¿en busca de qué?, si sólo éramos niños, que nos podíamos mover con libertad.
Esa libertad de que gozábamos, valía mucho más que cualquier juguete, por mucho valor que éste tenga, de la que dispone hoy en día la juventud presente, esclava del progreso.

EL CONTRA: Juego de grupo mixto, si es muy numeroso mejor. Después de un sorteo, ¾ del grupo era libre y la otra tercera parte (los que se “quedaban”), tenían como misión el apresar al resto del grupo, con el mero hecho de tocarlos; por supuesto nadie quería “quedarse”, porque era la parte del juego más pesada. Los apresados unían sus manos y permanecían sujetos a una ventana, a la espera de ser liberados por un jugador libre, tocando a cualquiera de ellos, o, si alguno de los apresados, conseguía dar una patada a algún jugador que se “quedaba”. Si los jugadores apresados, por cualquier circunstancia, antes de ser liberados, soltaban sus manos, dicha liberación era anulada. El juego se desarrollaba en un recinto virtualmente acotado, no se podía salir, rebasar esas fronteras, el que lo hacía se daba por apresado. El juego finalizaba cuando todos los jugadores libres eran apresados. Se procedía a otro sorteo, donde los jugadores que se habían “quedado” anteriormente, quedaban exentos. Era un juego donde predicaba la agilidad para el regate, la velocidad y la habilidad.

Si he logrado que improvises una sonrisa o una lagrimita, este articulito habrá merecido la pena, o incluso, que hayas tenido la paciencia de leerlo.

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domingo

 

Mira y Escucha




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sábado

 

GAMBERRADAS DE ADOLESCENTES

La verdad que no se porque fecha sería, lo que si sé es que mi patio era de arena, o sea, aún no estaba con baldosas, y recuerdo que por aquel entonces estaban urbanizandolo poniendo lozas en toda la calle,la carretera... En mi patio había una hormigonera lo recuerdo perfectamente porque el hecho fue que cuando se jugaba al fútbol era raro el balón que no se colaba a la otra calle como se decíamos nosotros se embarcaba y pasaba a la otra calle y lógicamente los niños iban corriendo para cogerlo y un día de esos el cual se embarcó, allí estaba la hormigonera y mis hermanos y amigos que hicieron, escondieron el balón ahí (en la hormigonera), mi patio estaba formado por dos bloques de pisos y en uno de los bloques vivía una a la que le decían "La Pelona" (por poco pelo) una Sra. (por respeto lo de sra.) que vivía en el 4º y que siempre le molestaba que los chiquillos jugáramos en el patio y se asomó a la ventana y se chivó a los niños de la otra calle donde estaba el balón. Dicha Sra. aún vive como dice el dicho "hierba mala..." No se si alguien de los que visitan este blog se acuerda de esos días y demás.

jueves

 

Carta a un amigo

Hace muchos años, el destino quiso que en mi camino se cruzara un chavalín, dos meses mayor que yo, era delgado, más alto que yo, siempre iba peinado con una raya al lado pero su lucha era el flequillo, siempre le caía en los ojos, tímido, introvertido y poco hablador .
Nos unió la infancia, continuamos juntos el camino, en la misma dirección y con los mismos pensamientos, para enfrentarnos a la temida y difícil adolescencia, una adolescencia a la vez mágica y encantadora, si se pudiera retroceder en el tiempo, esa etapa la viviría de nuevo y con los mismos amigos.
En este periodo de nuestra vida, nadie está contento de cómo es, el que es delgado quiere estar más gordo, el gordo más delgado, el que es bajo quiere ser más alto, el moreno quiere ser rubio, el que tiene el pelo rizado lo quiere lacio, etc. etc. etc. Pero el tiempo habla y la experiencia te enseña, que lo más importante de un ser humano no es su aspecto físico sino su interior, lo que no se ve, pero que todos sabemos que está ahí, en tu mente y en tu corazón.
Los que te conocemos bien, te queremos y te apreciamos, eso no lo olvides nunca, cada uno es como es, con sus defectos y sus virtudes y tú tienes muchas y buenas, pero no sabes valorarlas en su justa medida. Tienes talento, inteligencia y creatividad, eres persistente y tenaz, cuando te propones algo, luchas por conseguirlo, no te das por vencido tan fácilmente.
Eres sincero, vas siempre con la verdad por delante, aunque esto te puede traer problemas, en esta vida, llena de tanta hipocresía y tanta mentira y más a una persona como tú, tan sensible y sentimental.
Bueno muchacho, el tren de la vida continúa su viaje, pero no logra separar esta verdadera amistad.


miércoles

 

"El Pescailla"

Malditos complejos, que pueden llegar a modificar la conducta de una persona, desde su infancia hasta la madurez. La formación recibida, o mejor dicho, la que ha estado ausente. La que le apartó del verdadero camino, que debió haber tomado. Se sintió sólo, cuando no debía, a pesar de estar rodeado de otros seres, muy próximos, pero, que cautivados por el ritmo de la vida, por sus normales preocupaciones; fue ignorado. Estaba encerrado, no lo pudieron liberar, parapetado, debajo de una cama, dentro de su oscuridad, de su blanca piel. La senda donde se encuentra, ya no tiene salida, no se bifurca, es una línea irregular, pero que marcha en un solo sentido. Ya no hay posibilidad de poder cambiarla, está inmerso en ella. No ambiciona riqueza, ni acumula envidia, ni rencor, ni busca consuelo, ni se quiere excusar, asume su papel, equivocado. No quiere ser juez; tampoco, en su debido momento, supo pedir ayuda. No quiere protagonismo, sólo ansía encontrar ese atajo que le lleve a ser esa persona, que pudo haber sido, y que nunca, a lo mejor, sabrá.


Con la historia del Pescailla no quería crear un debate, no era mi intención. Forma parte del pasado, no quería abrir puertas, todo lo contrario, debía cerrarlas, y la mejor manera de hacerlo era exponiendo esa parte de la vida llena de oscuridad, que empezó un 29 de Junio de 1974.
Me acuerdo perfectamente de esa fecha, ese día el Real Madrid y el Barcelona jugaban la final de la Copa del Generalísimo, pero no exactamente por ese motivo, sino porque al día siguiente caí enfermo.
Empezaba el verano, estuve en cama una semana, más o menos, tiempo suficiente para dar paso a esos fantasmas, que me tuvieron preso durante ese verano.
Fue duro ese tiempo. Veía toda la programación, todo tipo de deportes. Yo os contemplaba a través de la ventana, sentía envidia, quería estar con vosotros, pero no podía.
Alguna que otra noche salía como un murciélago, pantalón largo, camisa de mangas largas; pegaba cuatro carreras y para el claustro. Debía sentirme como un bicho raro, observado por todo el mundo, pero sólo era un niño con 13 años.
Muchas veces me he preguntado, que hubiese ocurrido si ese día no hubiese caído enfermo… ¿Sería la misma persona que soy ahora, con los mismos defectos, con la misma vida? ¿O tal vez sólo fuera una anécdota y estoy buscando una excusa, porque no me siento realizado en esta vida?
Ahora que contemplo estas circunstancias más friamente, creo que nada hubiera cambiado. Lo que soy o pude haber sido, es una mera especulación, sencillamente, porque nunca lo sabremos. Punto y aparte y borrón y cuenta nueva.

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domingo

 

El Tren de la Vida, nunca se detiene

Hola, soy yo, no me conocéis, seguro que alguien se acuerda de mi.
Han pasado muchos años, y este tren en el que estamos montados va muy de prisa y el viaje para todos
no tendrá la misma duración, por lo tanto, lo ideal sería, disfrutar de este maravilloso recorrido, porque
no sabemos, cuando nos tocara bajarnos de este misterioso tren.
Invierno de 1962, más exactamente, en el mes de Enero, en un patio de vecinos, de una calle muy
cercana a la calle del Pozo, en un barrio, de gente sencilla, de gente humilde y trabajadora.
Estaba oscureciendo, el sol se retiraba, la noche se acercaba, pero la luz, la luz yo la veía, la
contemplaba, la miraba, la luz, la luz me sonreía y me invitaba, me invitaba a subir al tren, al tren de
la vida. Me acomodaron en el último vagón, un vagón por generación, eso me dijeron, yo no lo entendía.
El tren continuaba su camino. En el vagón había más niños, yo no estaba solo. Dos chicos se me
acercaron, yo los miraba y ellos me abrazaron, eran mis hermanos. Uno, el mayor, sigue en el tren, el
segundo se bajó, se bajó muy pronto, y ya no subió. El cielo lo llamó. El tren no lo esperó, continuó su
viaje.
Un viaje con un destino, y este era nuestra infancia, una infancia dura y difícil, pero las
dificultades y la miseria estaban ocultas en nuestra inocencia, una inocencia que en el camino se fue
diluyendo.
Me asomo a la ventanilla y veo un grupo de niños acompañados de sus madres que se dirigen a la calle
Olivarillo. Entran en una casa, bajo izquierda no recuerdo el número, hay un salón, provisto con unos
pequeños bancos de madera, unas mesitas y una pizarra, los niños cada uno con su maletita ocupan su
sitio y esperan, sale una señora mayor dando los buenos días. Esta señora es Doña Josefa. Estoy hablando
de la miga de Doña Josefa, muchos jóvenes se preguntaran y que es una miga, pues es lo mismo que una
guardería.
Fuimos muchos los niños y niñas del barrio que sus primeras letras, sus primeros números y sus
primeras canciones las aprendimos aquí, en este entrañable lugar. Recuerdo una canción que los niños
cantábamos con las manos levantadas y haciéndolas girar, empezaba de esta forma: Pimpón y sus
muñecos se lava la carita con agua y jabón…
También me acuerdo que el tiempo de recreo lo pasábamos en un patio trasero de la casa, actualmente
es un pequeño parque infantil. Algunas veces nos llevaba de excursión al parque de Sacramento, también
conocido como la pista, un acogedor lugar del que continuamos visitando en nuestra adolescencia,
muchos partidos de futbol que hemos disputado allí, incontables horas que pasábamos entre sus árboles
emulando a Tarzán; me viene a la memoria el Miguel de Celis, que saltando de una rama a otra no pudo
agarrarse con fuerza y cayó al suelo, con tan mala fortuna, que se partió un brazo. Nuestras risas por la
caída se convirtieron en preocupación al ver el gesto de dolor reflejado en su rostro. En fin las
imprudencias de la edad, pero que bien lo pasábamos.
Una calurosa tarde de verano, en el mismo parque, subidos en un árbol y sentados en una robusta
rama, habíamos varios chiquillos con nuestros pantalones cortos y nuestras piernas balanceándose en el
aire, a una altura considerable para nuestra corta edad, atardecía y llegó la hora de irse a casa, la
forma más rápida de bajar era dando un salto y uno a uno fuimos saltando, pero todos no llegaron al suelo,
yo me quedé colgando por el pantalón, en un saliente de la rama, todavía escucho las risas de los que allí
estaban, qué bien se lo pasaron a costa mía.
El tren prosigue su marcha hasta la próxima estación.

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