miércoles

 

Cosas de Chiquillos

Había días que recorríamos toda la manzana de pisos, en las proximidades de los balcones, para recoger los “alfileres” (pinzas para tender la ropa), como así le llamábamos, que caían de los pisos superiores, y sus dueños no se preocupaban de recoger.
A veces caían, inadvertidamente, algún que otro muñequito, como un indio o un pistolero, de aquellos que reuníamos con mucho cariño y tesón, y que suponía para el que lo encontrase, como un tesoro hallado.
Llegábamos a reunir bastantes “alfileres”, ¿y para qué querríamos nosotros tantos “alfileres”?. Por aquellos tiempos los “alfileres”, la mayoría, eran de madera, después fueron apareciendo los de plástico, como actualmente. Pues procedíamos a desmontar los “alfileres” de madera, y construíamos pequeñas pistolas, un “alfiler” completo servía de montura y un palillo con su muelle, montado al revés, era utilizado de lanzadera de otro palillo o una piedrecita.
Hacíamos dos bandos, cada uno con sus muñequitos (indios y pistoleros), bien parapetados en sus escondrijos, y nos liábamos a tiro limpio, hasta derribar a todos los muñecos enemigos.
Era divertido, y muy barato, por no decir que era totalmente gratis, virtual, que va, era totalmente real, porque más de una vez te pegaban un tiro, ni consolas, ni ordenadores, ni que “ocho cuartos”.
Antiguamente, por nuestras calles, proliferaba una especie de animalito que campaba a sus anchas por azoteas y partes bajas de los pocos vehículos que existían en aquella época, aprovechaban cualquier agujero o lugar tranquilo y parían sus crías. Rebuscaban en las basuras para su sustento diario, se multiplicaban sin problemas, sus camadas jugaban por las aceras y dormitaban en los lugares más insospechados; hasta que llegamos nosotros, que empezamos a hacerles la vida imposible. Como habrán adivinado, eran los Gatos.
Llegaba la noche, y como estos animalitos tienen una actividad nocturna, y nosotros, claro, a esas altas horas de la noche, hartos de jugar, correr, saltar, contar chistes y pegarnos muchos “peos”, perdón, pedos, que suena más fino, soltábamos ese grito de guerra: ¡VAMOS A MATAR GATOS!
La verdad, aunque el grito ese, sea fuerte, nunca llegamos a matar a ninguno, alguna que otra buena patada, acorralamiento y susto para el animalito y nada más. Ese ya se lo pensaría dos veces en hacer acto de presencia en algunos días por allí.
La llegada del Verano suponía la aparición de una especie de insecto, que a la llegada de la noche, se hacía notar con un ruido estridente, molesto y cansino, que utilizaba para llamar la atención de las hembras. Si se te colaba en casa, esa noche no dormías, hasta que acababas a zapatazo limpio, con su corta vida. Eran los Grillos. Los había de dos clases: negro de unos 4 centímetros de longitud, y marrón, algo más pequeño y de movimiento más ágil.
Estos solían situarse en las paredes, a baja altura y en cualquier rincón o esquina, por lo que eran fáciles de capturar.
Si en la barriada había alguien que nos caía mal, reuníamos la mayor cantidad posible de estos inocentes animalitos, o insectitos, y se los echábamos por debajo de la puerta. Si tienen alguna duda de esta circunstancia, pregúntenle a Carlos y Candelaria u otro desaprensivo o “malaje” de algún que otro bloque de pisos más arriba.
Con la llegada del progreso desapareció una de las huertas emblemáticas de los alrededores, la Huerta del “Policía”, aunque fue poco frecuentada por nuestra generación, que yo sepa. Se construyeron dos cadenas de edificios primorosos, de gran altura para los vistos en aquellos tiempos, y un colegio con un inmenso recreo dividido en dos partes, que llegaría a ser nuestro colegio.
Cuando estos enormes bloques de pisos comenzaron ser habitados, por personas pudientes, nosotros, chiquillos, de baja procedencia, emulando la vida nocturna gatuna, recorríamos sus basuras y las registrábamos en busca de algún juguete, revista o tebeo, que estos señores habían desechado y nosotros reutilizábamos sin ningún pudor.
Qué pensarían asomados en sus ventanas, si hoy en día estas cosas las vemos por televisión, y no sólo buscan cosas, también comida, esto si que es grave, vergonzoso, deplorable, porque ellos no son culpables, sino esta maldita sociedad de progreso y devastación.

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