sábado

 

Algo para recordar

Comienzo de los años 80. En una lejana isla, en un barco diminuto y perdido, escondido en la inmensidad del muelle, inexistente a día de hoy, o convertido en chatarra, hundido, o utilizado como blanco, rodeado de grandes precariedades, como la higiene, la mala comida, la escasa intimidad, un sueldo ridículo, donde la recepción de una carta era recibida como un regalo divino, donde la vuelta a casa era un anhelo constante, rodeado de soledad e incomprensión, el ajedrez era buena compañía para fomentar un circulo de amistad, entre el respeto y la subordinación. Pues a través de este juego se fomentó una efímera amistad que se diluyó con el paso del tiempo. Ese buen compañero, cuyo nombre me reservo, porque de nada valdría nombrarlo, porque poco diría escribir cuatro letras, porque sólo recuerdo su primer apellido, o sencillamente porque ésta página poco o nada le diría a él, y encontrarla sería pura casualidad; pues como decía, este buen compañero era amante del ajedrez, y deslizaba las piezas sobre el tablero bastante mejor que yo. Tenía en su poder un pequeño librito, una auténtica joya ajedrecística, “El sentido común en ajedrez” de Emanuel Lasker, campeón del mundo de este maravilloso juego desde 1894 hasta 1921, año en el que le fue arrebatada tan preciada corona por el único hispano-hablante que ha sido campeón del mundo de ajedrez: José Raúl Capablanca. Me lo prestó para que me empapara de su contenido y me comentó que si algún día llegara a ganarle, me lo regalaría. Fue lo peor que hizo, y ese librito llegó a caer en mis manos de manera definitiva, y llegó a ser una preciada posesión, no por su valor en sí, sino por la manera como lo conseguí, derrotando a un rival superior. El tiempo pasó, inexorablemente, como la vida misma, y volé de aquellas islas, pero con el libro en el petate, entre otros que aún conservo. Pero, entre esos libros y otros que con el tiempo he ido adquiriendo, ya no está esa joya del ajedrez, y no porque lo perdiera o me lo robaran, o en un descuido fuese a parar al cubo de la basura, sencillamente, porque lo perdí de la misma manera que lo gané. Pero no lo echo de menos, porque sé que está en buenas manos, las mejores en las que podía haber caído, y me consta que lo guarda con el mayor de los celos. ¿Te atreverías a ponerlo en juego?

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