lunes

 

Petates al hombro y remando hacia el futuro

A mediados de los años 70, la mayoría de los que éramos adolescentes tuvimos la difícil y temida tarea de empezar a plantearnos nuestro futuro. La calle del Pozo, el barrio de las callejuelas, las huertas colindantes, los muros, el canal, el parque de las monjas, el barrero etc. Estos emblemáticos y añorados lugares tan nombrados y recordados por Alfonsi en este blog, vehículo hacia nuestro pasado, formaron la parte más activa de nuestra infancia y adolescencia. Pero el tiempo pasa, corre, vuela, no hay quien lo detenga y sin darnos apenas cuenta, los que vienen por detrás, empujan con fuerza, con energía nueva reclaman estos espacios para ellos, ya sabemos que aquí no hay sitio para todos, ahora les pertenecen a ellos. A nuestra generación,  por aquel entonces se le presentaron dos caminos, dos alternativas principalmente, una la Marina y la otra la Formación Profesional. La Universidad quedaba más lejos para la gran mayoría de nosotros, procedentes de familias sencillas, humildes y numerosas, donde los recursos económicos de nuestros padres eran muy justitos y había que estirarlos mucho para conseguir llegar dignamente a final de mes. Otros no tuvieron ni tan siquiera la oportunidad de poder optar por uno de esos caminos, simplemente terminaron la E.G.B. o incluso sin terminarla tuvieron que incorporarse al mundo laboral desde muy temprana edad para ayudar a su familia en su raquítica economía. En el barrio se dieron todos estos casos. Muchos de los que leen y participan en este blog, Alfonsi, Agustín, Manolín, Pepe, Carlos…. escogieron el primer camino, la Marina. Otros optamos por la Formación Profesional, Juani, Jacobo, Pinto, Antonio, Yo.... La Formación Profesional iba encaminada a la Industria Naval, pero no la de Nacho Vidal, para esta aún no dábamos la talla, nos faltaban algunos centímetros y no por falta de ejercicio, más bien seria un problema de crecimiento porque a mi todavía me siguen faltando. Bromas aparte nos centraremos en el primer grupo, que con poco más de diecisiete años tuvieron que echarse el petate al hombro y emprender la marcha, un petate cargado de alegrías y tristezas, de risas y lagrimas, de recuerdos y nostalgia, pero en definitiva colmado de ilusión, sueños y futuro. Tuvieron que cruzar España de punta a punta, cuando algunos de ellos ni tan siquiera habían cruzado las fronteras de la Bahía de Cádiz. El tren los esperaba para alejarlos de sus familias, sus amigos, su calle, su barrio, su mundo por entonces conocido se quedaba atrás por minuto que pasaba y en la estación nos quedamos algunas veces, los que optamos por aprender un oficio, para decirles hasta pronto amigos aquí os esperamos. Galicia, El Ferrol y Marín, era el destino de estos chavales a muchos kilómetros de su Isla. Los familiares, amigos, novias, aquí quedaban con sus recuerdos esperando tener noticias de ellos, bien a través de una llamada telefónica, los que tuvieran teléfono, o a través de la esperada carta para leerla y releerla las veces que apeteciera y así sentirse más cerca de ellos. Hoy la comunicación gracias a las nuevas tecnologías es mucho más fácil y rápida. Recuerdo que hace poco tiempo estuve chateando con mi primo Agustín, el estaba viajando en el Juan Sebastián Elcano y me dijo, primo aquí estoy en un cibercafé en Hamburgo, esperando para mantener una video conferencia con mi mujer, yo le contesté primo como han cambiado los tiempos que moderno está. Las cartas pasaron a la historia, pero en su momento era el medio de comunicación más usado. Las primeras cartas que yo escribí siempre me generaban las mismas dudas, el sello a la izquierda o a la derecha, el remite delante o detrás y para no equivocarme cogía la carta que había recibido de Alfonsi, Agustín, Pepe o Manolín y me copiaba. Recibí muchas cartas, unas dirigidas a mí y otras al grupo de marineros de agua dulce que en tierra firme nos quedamos, algunas escritas en servilletas de los bares o en tiras de papel higiénicos y aun conservo algunas. También escribí muchas cartas, a la sombra del acebuche que mi patio ostentaba, algunas con la colaboración de dicho grupo, ya que sabíamos que nuestros amigos marinos esperaban con ansiedad el reparto de la correspondencia para recibir noticias de su calle, su barrio, sus familiares, sus amigos, sus amigas y de su mundo tan distante. En fin, mi enhorabuena a estos marineros que un día en plena adolescencia zarparon para navegar, unas veces con mal tiempo, por aguas bravas y turbulentas, amenazados con tormentas y temporales y otras veces con buen tiempo, por aguas mansas y tranquilas. Capearon el temporal y otean el horizonte con seguridad y estabilidad.

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