En mi memoria siempre tendré un especial recuerdo para un personaje, que creo que llegó a ser nombrado hijo adoptivo de San Fernando, cuyos meritos hacia la comunidad desconozco, porque en relación hacia nosotros, era un “malaje”. Pero claro, había que ponerse en su lugar, y ahora lo comprendo y entiendo perfectamente; nosotros, niños, con ganas de correr, saltar, y dar patadas a un balón todo el santo día, por aquellos tiempos, y perdonadme la expresión, teníamos que dar bastante “porculo”: que si había ropa tendida, que si había que tener cuidado con los coches que estaban aparcados (pocos en aquellos tiempos), que si la fachada estaba pintada, que si balonazo por aquí, que si balonazo por allá…; la verdad, que tuvimos que dar mucha lata, pero como éramos hijos de todos y la alegría de la calle, se tenían que aguantar, a excepción claro, de este caballero, y lo de caballero no lo digo en tono despectivo, lo digo con todo su significado.
Este Señor tenía una casa espléndida, ya tristemente desaparecida y convertida en bloque de pisos y garaje, como casi todo lo bueno que hemos conocido en nuestra niñez, con un hermoso huerto y árboles enormes, la cual solo era habitada por él y su esposa, Inés, creo que era su nombre; una buena Señora, que no se metía en nada. Muchas veces este Señor intentó quitarnos la pelota, cuando jugábamos al futbol en el patio rectangular, ya que una de las porterías, estaba justo delante de su fachada y entrada a la casa; el pobre, como era bastante mayor, unos setenta años, fracasaba en la mayoría de los intentos, por no decir que en todos, y nosotros, claro, seguíamos jugando; que poca vergüenza, ¿verdad?, la nuestra digo.
Pues recuerdo a este caballero siempre bien vestido, con su chaqueta o rebeca, su pelo oscuro, peinado hacia atrás, y sobre todo, sus enormes gafas negras. Como es de suponer, este Señor, descansó hace tiempo ya, primero su mujer, con demencia seníl tengo entendido, y más tarde él, afectado por alzhéimer; ley de vida, pero quiero que sepa, allá donde esté, que ninguno de nosotros le guardamos ningún tipo de rencor, y que los avatares de la vida, nos hicieron coincidir en tales circunstancias, y, si cabe más, todos nosotros desde estas humildes líneas, le pedimos PERDÓN. Tenía nombre y apellido ilustres, igual que el de su sobrino, para la ciudad de San Fernando y para el mundo de los Toros: RAFAEL ORTEGA, matador de toros. |