viernes
Entre los "muros" y esteros
Nos gustaba dar paseos entre las aguas cristalinas, cautivas, hábitat de numerosos peces, cangrejos y camarones; nos parábamos en las compuertas a contemplar como el agua aprovechaba cualquier resquicio para pasar de un lugar a otro. Cuando la marea estaba vacía, numerosos cangrejos y “bocas” corrían entre el barro en busca de sus “cuevas”, al vernos aproximar, o se escondían entre las numerosas rocas acumuladas en las compuertas a escasa profundidad. Recuerdo alfombras de lino (“sepina”) flotar en las tranquilas aguas, debajo de las cuales se escondían multitud de camarones. Dábamos largos paseos entre aquel laberinto de esteros; recorríamos desde el puente “Lavaera”, bordeando uno de los innumerables caños que desembocan en el rió “Zurraque”, hasta las proximidades del puente “Zuazo”, y a veces, nos atrevíamos a ir un poco más lejos, pero siempre con extremo cuidado de no perdernos.
Antes de cruzar el puente “Lavaera”, a mano izquierda, a lo lejos, se podía contemplar una casa en ruinas, una de tantas que antiguamente existían y salpicaban aquellos contornos, vivienda, en un pasado no muy remoto, de guardas y capataces que nunca llegábamos a ver. En esta casa ruinosa tuvo lugar un enfrentamiento pugilístico, entre dos chavales que intentaban dirimir sus diferencias, a cuento de no se qué. Armados cada uno de un solo guante de boxeo, realizados de forma artesanal. Había espectadores no invitados, que el árbitro del combate, se encargó de ahuyentar exhibiendo sus “partes” en estado supremo. Dantesco.
Con la marea vacía, más de una vez fui con mi cuñado Juan a coger cangrejos, justo debajo del puente
“Lavaera”, lleno de rocas y barro, sin apenas agua; también solía colocar las camaroneas o cangrejeras con grandes trozos de pescado, bien atados, entre las compuertas. Buenos guisos de cangrejos, con su coraza roja, cayeron en aquellos tiempos, incluso ahora me viene a la memoria, chavales que montaban su puesto ambulante para la venta de los mismos, muy bien ordenados por tamaños.
“Lavaera”, lleno de rocas y barro, sin apenas agua; también solía colocar las camaroneas o cangrejeras con grandes trozos de pescado, bien atados, entre las compuertas. Buenos guisos de cangrejos, con su coraza roja, cayeron en aquellos tiempos, incluso ahora me viene a la memoria, chavales que montaban su puesto ambulante para la venta de los mismos, muy bien ordenados por tamaños.
A pesar de que han pasado unos treinta y cinco años, aún sigo teniendo remordimiento de conciencia por un hecho que tuvo lugar en el primer estero de la Huerta “Vaca” (creo que así era como la llamábamos), justo donde terminaba la huerta, a mano izquierda, donde había una pequeña vereda que pasaba por detrás de las casas que bordeaban ese estero, “la pieza”, que más bien era un estercolero lleno de tipo de restos de cosas que la gente no quería y allí arrojaba. No recuerdo quién iba conmigo, lo que si recuerdo perfectamente era esa jauría de chavales, enfervorecida, que desde ambos lados del estero dábamos caza a un perro caído en el agua, a base de tirarle piedras al pobre animal, cuyos esfuerzos por intentar salir eran infructuosos. Allí sucumbió, ahogado y golpeado por enormes piedras. Tengo que decir en mi descarga, que sólo llegué a lanzar una o dos piedras, suficientes para haber participado, pero que enseguida me arrepentí.
Etiquetas: Entre los muros y esteros
Suscribirse a Entradas [Atom]