domingo

 

El Tren de la Vida, nunca se detiene

Hola, soy yo, no me conocéis, seguro que alguien se acuerda de mi.
Han pasado muchos años, y este tren en el que estamos montados va muy de prisa y el viaje para todos
no tendrá la misma duración, por lo tanto, lo ideal sería, disfrutar de este maravilloso recorrido, porque
no sabemos, cuando nos tocara bajarnos de este misterioso tren.
Invierno de 1962, más exactamente, en el mes de Enero, en un patio de vecinos, de una calle muy
cercana a la calle del Pozo, en un barrio, de gente sencilla, de gente humilde y trabajadora.
Estaba oscureciendo, el sol se retiraba, la noche se acercaba, pero la luz, la luz yo la veía, la
contemplaba, la miraba, la luz, la luz me sonreía y me invitaba, me invitaba a subir al tren, al tren de
la vida. Me acomodaron en el último vagón, un vagón por generación, eso me dijeron, yo no lo entendía.
El tren continuaba su camino. En el vagón había más niños, yo no estaba solo. Dos chicos se me
acercaron, yo los miraba y ellos me abrazaron, eran mis hermanos. Uno, el mayor, sigue en el tren, el
segundo se bajó, se bajó muy pronto, y ya no subió. El cielo lo llamó. El tren no lo esperó, continuó su
viaje.
Un viaje con un destino, y este era nuestra infancia, una infancia dura y difícil, pero las
dificultades y la miseria estaban ocultas en nuestra inocencia, una inocencia que en el camino se fue
diluyendo.
Me asomo a la ventanilla y veo un grupo de niños acompañados de sus madres que se dirigen a la calle
Olivarillo. Entran en una casa, bajo izquierda no recuerdo el número, hay un salón, provisto con unos
pequeños bancos de madera, unas mesitas y una pizarra, los niños cada uno con su maletita ocupan su
sitio y esperan, sale una señora mayor dando los buenos días. Esta señora es Doña Josefa. Estoy hablando
de la miga de Doña Josefa, muchos jóvenes se preguntaran y que es una miga, pues es lo mismo que una
guardería.
Fuimos muchos los niños y niñas del barrio que sus primeras letras, sus primeros números y sus
primeras canciones las aprendimos aquí, en este entrañable lugar. Recuerdo una canción que los niños
cantábamos con las manos levantadas y haciéndolas girar, empezaba de esta forma: Pimpón y sus
muñecos se lava la carita con agua y jabón…
También me acuerdo que el tiempo de recreo lo pasábamos en un patio trasero de la casa, actualmente
es un pequeño parque infantil. Algunas veces nos llevaba de excursión al parque de Sacramento, también
conocido como la pista, un acogedor lugar del que continuamos visitando en nuestra adolescencia,
muchos partidos de futbol que hemos disputado allí, incontables horas que pasábamos entre sus árboles
emulando a Tarzán; me viene a la memoria el Miguel de Celis, que saltando de una rama a otra no pudo
agarrarse con fuerza y cayó al suelo, con tan mala fortuna, que se partió un brazo. Nuestras risas por la
caída se convirtieron en preocupación al ver el gesto de dolor reflejado en su rostro. En fin las
imprudencias de la edad, pero que bien lo pasábamos.
Una calurosa tarde de verano, en el mismo parque, subidos en un árbol y sentados en una robusta
rama, habíamos varios chiquillos con nuestros pantalones cortos y nuestras piernas balanceándose en el
aire, a una altura considerable para nuestra corta edad, atardecía y llegó la hora de irse a casa, la
forma más rápida de bajar era dando un salto y uno a uno fuimos saltando, pero todos no llegaron al suelo,
yo me quedé colgando por el pantalón, en un saliente de la rama, todavía escucho las risas de los que allí
estaban, qué bien se lo pasaron a costa mía.
El tren prosigue su marcha hasta la próxima estación.

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