Sitio emblemático de nuestra juventud, donde hemos llegado a desarrollar actividades relacionadas con el juego, aventuras y deportes. De forma rectangular y con una gran variedad de árboles, donde destacaba la presencia de pinos, algún que otro algarrobo y arbustos que lo delimitaban perfectamente. En su parte central, rodeada de arbustos, había un terreno liso, propicio para la práctica del futbol; era el lugar más solicitado para correr detrás de un balón.
En las proximidades de la Barriada Sacramento, sin salirnos del parque en cuestión, había un patio de tierra perfectamente rectangular, rodeado en todo su contorno de un bordillo a modo de banco, que denominábamos “La Pista”. En este patio tenía lugar los encuentros de futbol de menor envergadura.
“La Pista” colindaba con una casa en ruinas, que tenía pinta de haber sido, tiempo atrás, un Convento, o la casa de un terrateniente, a saber. Recorríamos sus habitaciones, escaleras, patios interiores y saltábamos a través de sus ventanas, sin tener nunca conciencia del peligro al que estábamos sometidos, debido al estado ruinoso que presentaba.
Detrás de este edificio se extendía una gran parte del parque, con árboles aislados, próximos a las lindes y donde su terreno era más irregular, pero disponíamos de él, cuando todos los campos para la práctica del futbol, estaban ocupados.
En este lugar había varios algarrobos, cuyos frutos siempre fueron bien recibidos por nuestro paladar.
También había un pino muy singular al que llegamos a denominar “El Buenavista”, porque desde él, teníamos una gran visión del resto del parque. La disposición de sus ramas era propicia para la construcción de una caseta, que tras varios intentos, quedó en un mero proyecto, ahogado por la falta de medios, porque el entusiasmo nunca nos faltó.
A la entrada del parque, cerca del antiguo economato, había tres árboles que habían crecido muy próximos, y una vez subidos en ellos, nos encantaba pasar de un árbol a otro, como prueba de valor y habilidad, y donde un componente de nuestro grupo, estuvo a punto de dejar sus pantalones y calzoncillos, en un intento de saltar desde una rama al suelo, ya que se quedó en el aire, colgado de ellos.
Nos gustaba emular las aventuras de Tarzán de los Monos, pero sin cuerdas, aunque nos parecíamos más a los monos, y en uno de estos intentos, cierto componente asiduo del parque, sintió como su antebrazo, al contacto con el suelo, se rompía.
Ya fuera de este emblemático lugar, pero muy cerca, había una especie de túnel, de paso obligado para todos nosotros: “El Pasaje de la Música”. Escaparate singular, donde se exponían todo tipo de electrodomésticos y muebles, fuera del alcance de nuestras familias, donde sus enormes cristaleras conformaban la frontera entre el lujo y la miseria, aunque nosotros nunca llegamos a ser conscientes de ello, ni falta que nos hacía. Lo he contemplado a vista de pájaro, y ha desaparecido cerca de sus dos terceras partes y recibe el nombre de "Parque de Sacramento", hasta los nombres nos quieren cambiar. |