domingo
Los homenajes, segunda parte
- Don Adolfo “el practicante”: este señor del cual no recuerdo su cara, iba por las casas donde era requerido sus servicios, bien para realizar una cura o para poner una inyección y esto era lo más habitual para lo que se le avisaba. En invierno iba siempre con un abrigo largo esa es la imagen que tengo de él, llevaba un viejo maletín, donde guardaba todo lo necesario para desarrollar su profesión, me llamaba la atención el método que empleaba para esterilizar las agujas, porque entonces no eran de un solo uso como ahora, sacaba una pequeña bandejita, supongo que de acero inoxidable, colocaba dentro la aguja, le echaba un poco de alcohol y le prendía fuego y ya estaba preparada, se acabó la distracción, ahora el pinchazo y a llorar.
- Miguel y su hijo Pepe: este buen hombre tenía una ferretería, droguería, mercería, porque vendía de todo, el local estaba situado en la calle del pozo esquina con Santa Gertrudis, justo debajo del horno de Pura, que gran panadería, situada estratégicamente frente al colegio San Antonio, donde los chiquillos, en el tiempo de recreo esperábamos con ansiedad pegados a la puerta del colegio, el regreso de nuestras madres del mercado de San Antonio, para que nos compraran los picos largos u ovalados que devorábamos con gran rapidez , pero que algunos días se compartían con el compañero que ese día a su madre no veía. A la ferretería iba yo mucho a comprar puntillas, ya que por Reyes algunas veces me traían un pequeño juego de carpintería, me buscaba unos trozos de madera y construía un fuerte para los pistoleros.
- El vendedor de helados: este señor del cual desconozco su nombre se dedicaba a la venta de helados, recorriendo el barrio montado en un carrito de tres ruedas que llevaba a pedales. En las calurosas y agobiantes tardes de verano, en las horas que nos resguardábamos del calor amparados en la sombra y frescura de las casapuertas se oía a este hombre con su grito característico de ¡hay lé! Creo que decía algo así, este grito nos hacia levantarnos y correr para casa en busca de dinero para comprarnos los deliciosos helados, polos o cortes que este vendedor ofrecía. Nuestras madres entusiasmadas, concentradas y relajadas en el único respiro que se daban durante el día, metían la mano en el delantal, sacaban el monedero y nos daban el dinero, para que las dejásemos tranquilas, ellas estaban plácidamente escuchando la novela radiofónica de SIMPLEMENTE MARIA. Este señor en invierno se dedicaba a la venta de barquillos, apetitosos tubos alargados de galleta, los llevaba en un depósito metálico, cilíndrico, de color celeste con tapas cromadas y con dos correas que le servían para colgárselo como una mochila.
Nos veremos en la tercera parte, esto no termina aquí.
Alfonsi el alcohol y el algodon todavia lo seguimos aportando nosotros, cuando el A.T.S viene a casa.
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