La generación que nos tocó vivir no disponíamos de las facilidades, que nosotros hoy en día aportamos a nuestros hijos; dista un abismo. Ordenadores, consolas de juego, mp3, mp4, teléfonos móviles…
Si en nuestros tiempos era difícil hasta de disponer de un reloj de mano; ¡cuánto tardaría en llegar el primero!
Ahora todos estos avances forman parte indispensable de nuestras vidas, pero hace 40 años, nosotros nos las ingeniábamos para disfrutar de todo aquello que estuviera a nuestro alcance, sin necesidad de avances tecnológicos.
¿Quién no ha coleccionado “latillas”?; las aplastábamos y con una caja de cartón y unos cuantos agujeros, montábamos un puesto ambulante.
Cuando nuestras calles eran vírgenes, libres de adoquines o de asfalto, y la lluvia hacía acto de presencia, formábamos pequeñas presas para retener el agua de la lluvia, o hacíamos carreras de barcos con cualquier cosa que fuera capaz de flotar. Recuerdo como la erosión del agua descubría aquellos grandes pedruscos, redondos y lisos, de un color gris azulado, y formaba aquellos pequeños ríos que corrían cuesta abajo. Nos poníamos las botas de agua, y nos hacíamos dueño de cualquier charco, en especial uno que se formaba entre el Colegio San Antonio y el bloque de pisos donde vivían los "maestros".
Cuando nuestros patios eran de arena, jugábamos a la “Lima”; pintábamos en el terreno una serie de cuadrados contiguos y había que apropiarse de la mayor cantidad posible de ellos.
Llegaba la época de los “trompos”, y ahí estábamos nosotros, con nuestra cuerda especialmente preparada para el juego, y nuestro trompo especial, intocable, y que para los malos momentos, siempre disponíamos uno de repuesto, el que se llevaba todos los golpes y “puazos”.
Los juegos con las canicas, los “bolis” para las clases bajas; había que meter el boli en un agujero para tener derecho a golpear al boli del contrincante, con un impulso que dábamos con un dedo de la mano (la “Maña”, que no tiene nada que ver con la aragonesa). El contrincante se veía en la obligación de “pagar” con otro boli por el “meco” recibido. Había también otra variedad, el “Kribi”, que no se como se escribe, porque seguramente, es la primera vez que alguien lo hace; se colocaban unos cuantos bolis en un triangulo, y había que sacarlos del mismo a base de “mecos”.
Quién no recuerda la denominación que le dábamos a las distintas clases de canicas: de mármol, de cristal, de nácar, de hueso… (Para conseguir uno de cristal, había que dar dos mecos).
Nos encaminábamos a la huerta “Vaca”, y con cualquier utensilio a modo de machete, nos habríamos camino a través de las altas y malas hierbas del terreno, parecíamos conquistadores en medio de la jungla; nos procurábamos de un gran número de botellas y las utilizábamos de blanco; cogíamos cáscaras de patatas y cultivábamos un huerto.
Atravesábamos la primera “pieza”, por una especie de puente artesanal, un “pasaero”. La “pieza” era una especie de estero abandonado, lleno de todo tipo de basura, donde su agua, por llamarla de alguna forma, tenía un color difícil de descifrar. Más de uno se ha caído a sus putrefactas aguas, al intentar cruzarlo, que me lo pregunten a mí.
Improvisábamos con ramas una especie de cazamariposas, y ahí salíamos corriendo detrás de ellas, pobrecillas, vaya exterminio que realizábamos.
Nos encaminábamos a la fábrica de “Paquíqui”, y más de una vez degustamos las caballas que exponían al sol, para que se secasen, o cambiábamos de rumbo y tirábamos hacia el puente de “Lavaera”, y recorríamos toda aquella zona de esteros, limpia de contaminación, sin verjas, en busca, ¿en busca de qué?, si sólo éramos niños, que nos podíamos mover con libertad.
Esa libertad de que gozábamos, valía mucho más que cualquier juguete, por mucho valor que éste tenga, de la que dispone hoy en día la juventud presente, esclava del progreso.
EL CONTRA: Juego de grupo mixto, si es muy numeroso mejor. Después de un sorteo, ¾ del grupo era libre y la otra tercera parte (los que se “quedaban”), tenían como misión el apresar al resto del grupo, con el mero hecho de tocarlos; por supuesto nadie quería “quedarse”, porque era la parte del juego más pesada. Los apresados unían sus manos y permanecían sujetos a una ventana, a la espera de ser liberados por un jugador libre, tocando a cualquiera de ellos, o, si alguno de los apresados, conseguía dar una patada a algún jugador que se “quedaba”. Si los jugadores apresados, por cualquier circunstancia, antes de ser liberados, soltaban sus manos, dicha liberación era anulada. El juego se desarrollaba en un recinto virtualmente acotado, no se podía salir, rebasar esas fronteras, el que lo hacía se daba por apresado. El juego finalizaba cuando todos los jugadores libres eran apresados. Se procedía a otro sorteo, donde los jugadores que se habían “quedado” anteriormente, quedaban exentos. Era un juego donde predicaba la agilidad para el regate, la velocidad y la habilidad.
Si he logrado que improvises una sonrisa o una lagrimita, este articulito habrá merecido la pena, o incluso, que hayas tenido la paciencia de leerlo. |