viernes
INVIERNO DE 1972
Está lloviendo, hace frío, la tormenta la tenemos encima, un relámpago ilumina el cielo, es una imagen impresionante y aterradora, el rayo parece querer partir el cielo en dos, el trueno no se hace esperar y el estruendo rompe el silencio en una noche de perros, como decía mi padre en estas ocasiones. La luz hace un amago de irse, mi madre prepara las velas antes de que nos quedemos a oscuras, lo cual es muy frecuente en noches como esta. La naturaleza demuestra su poderío, no hay quien pueda con ella. De pronto la luz nos abandona, mi madre enciende las velas, una la pone en el comedor, en el centro de la mesa y con la otra acompaña a mi padre al dormitorio donde se encuentran los plomillos, mi padre se sube en una silla y quita la tapita de porcelana para comprobar el estado de los pelillos de cobre que hacían de fusibles, los plomillos han saltado, se cambian los pelillos y la luz nos acompaña de nuevo, la vela sigue encendida rodeada por todos mis hermanos que soplan, como si de un cumpleaños se tratara, para ver quien la apaga primero. Después llega la bronca de mis padres, niños por qué apagáis la vela aquí dentro con la peste que deja y como siempre, todos soplamos y ninguno la apagamos.
Mi madre nos dice, venga niños pa la cama que está la noche muy mala y la luz se va a ir otra vez. Mi padre se queda en el comedor fumándose un cigarrillo al calor de una copa de picón y mi madre en la cocina recogiendo lo que quedada de la cena, que a medias se quedó por culpa del apagón. Nos despedimos de nuestros padres y pasamos a una gran habitación, a la derecha la cama de mi hermano Pepe, en el centro mi cama mueble, a la izquierda una litera para mi hermana Carmen y mi hermano Luis y junto a esta la cama de matrimonio, mi hermano Antonio estaba por llegar. Amanece, ha dejado de llover pero el día está nublado, hay poca claridad en la habitación, los rayos del sol no entran por las rendijas del postigo. Mis padres se han levantado ya, pero nosotros continuamos calentitos en la cama, es domingo y podemos descansar un poco más, pero hoy poquito más, porque mi madre entra en la habitación y escuchamos, los churros se van a enfriar venga levantarse ya, esta orden no había que repetirla dos veces, todos saltamos de la cama, un papelón de churros nos esperaban en la mesa del comedor y esto no pasaba todos los domingos, pero alguna que otra vez mi padre se encajaba en la churreria que había arriba de la calle Alsedo y nos daba esta sorpresa. Un platito para cada uno, para evitar las típicas peleas de, tu has cogido más que yo. Azuquita por encima un vaso de cola cao y a desayunar. La calle nos espera, botas de agua y a jugar por los charcos. Mi hermano Luis se viene conmigo, no había forma de quitármelo de encima, se pegaba a mí como una lapa y es terco como una mula. Nos vemos en la calle con varios chiquillos y decidimos ir a la huerta de Melchor, situada debajo del Liceo, estaba cubierta de agua, anegada, la huerta se transformó en una laguna, producto de la tormenta nocturna. En la huerta, días atrás, un chaval de la calle El Carmen había estado haciendo un boquete con una pala, para hacer una caseta. No teníamos una referencia exacta del sitio, pero conocíamos la huerta y más o menos sabíamos por donde estaba el boquete, pero el agua había borrado todas las huellas y nos preparó una trampa, sin ser esa su intención. Se escuchaba a algún chavalín decir tener cuidado que yo creo que está por aquí, caminábamos con paso lento e inocente mirando un suelo que no veíamos y dudando en cada paso. Yo miraba para atrás y mi hermano seguía mis pasos, la aventura continuaba ya no había marcha atrás, el que se retiraba era un gallina, seguíamos con un juego peligroso. De pronto se escucha un chapoteo y a un chiquillo gritar el Luis se ha caído en el boquete, me dí la vuelta y ha mi hermano no lo veía, solo agua y a algunos chiquillos asustados, las piernas me temblaban, solo tenia diez años y mi hermano siete. Dos chavales mayores que yo reaccionaron rápidamente y se lanzaron al boquete sacando a mi hermano, ellos son el Ignaci y Rafael el fatiga. Afortunadamente todo quedó en un susto y en un remojón en pleno invierno, gracias a estos dos héroes, solo dos o tres años mayores que yo. Empieza a llover otra vez, nos vamos para casa, invierno de 1972.
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