miércoles
La lluvia arrecia, el cielo está cubierto de nubes grises de tonalidades oscuras. El agua recorre nuestras calles, se forman riachuelos, que por si solos cobran vida, erosionándolas, desgastándolas, y dejando al descubierto piedras de todo tipo, que emergen a la luz, vírgenes. Se forman charcos de agua donde los niños, calzados con sus botas de agua, explorarán cada rincón de los mismos. Cuando la lluvia cesa, las calles se inundan de chavales, que con juegos improvisados, convierten esos riachuelos en circuitos para barquitos, donde cualquier cosa que flote, corre a gran velocidad por esos meandros diminutos que fluyen cuesta abajo. Esos niños corretean por esas calles detrás de esos barquichuelos, que se pierden ante sus atentas miradas. Otros niños ponen a prueba su inteligencia, y como modernos y actuales ingenieros sofisticados, a base de piedras, arena y cualquier cosa consistente, intentan retener esas aguas salvajes que buscan desesperadamente su libertad, creando presas que tarde o temprano, se desquebrajan por algún punto débil. Así es la vida, como la lluvia, un ciclo cerrado, pero los niños, ya no chapotearán en el agua, ni crearán improvisadas presas, ni corretearán por esas calles encharcadas buscando el mejor barquito, que mejor flote y sea el más veloz. Esos niños son Padres de familia y esas calles están pavimentadas, y aunque la lluvia siga cayendo y su agua, corriendo cuesta abajo, sólo será eso, agua de lluvia, para ser contemplada desde una ventana.
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