jueves
La lagartija
Paseando un día con mi hijo por un parque vi en el tronco de un árbol una lagartija, le dije a mi hijo, no hagas ruido y el me preguntó, que pasa papá, no pasa nada, fíjate en ese árbol, ves la lagartija, al principio no la veía, por lo que nos acercamos un poco más y le señalé el sitio exacto donde el pequeño reptil estaba situado. Por fin la vio, la verdad es que había que fijarse muy bien. Estaba a unos dos metros del suelo, no se movía y su mimetismo con la corteza del árbol era casi perfecto, pero el movimiento rápido y ágil por el tronco hasta llegar a ese punto fue lo que la delató. La lagartija tomaba su baño de sol necesario y quizás esperaba que algún inocente insecto rondase por sus dominios para brindarle un suculento desayuno. Ella sabía perfectamente donde estaban los intrusos, nos controlaba, nos vigilaba, pero confiaba plenamente en sus posibilidades. La distancia que nos separaba no era mucha y yo sabía que un paso más o un movimiento brusco bastarían para que ella emprendiera una veloz huida y se sumergiera en el laberinto de hojas y ramas de su silencioso y robusto aliado, su árbol, su territorio. Protegiéndose simplemente de dos pacificas miradas, no había otra intención, solamente disfrutar de lo que aún nos aporta la sabia naturaleza cada vez más mermada por los continuos ataques a los que se ve sometida.
Unos niños pasaron corriendo muy cerca del árbol, el ruido y el alboroto alertó su instinto de supervivencia y la lagartija se esfumó. Mi hijo se acercó al árbol pero no la veía, yo sin embargo seguía viéndola, pero no en el presente sino en el pasado. Llamé a mi hijo y le dije vámonos, la lagartija es muy lista y no se va a dejar ver por un tiempo. Continuamos nuestro matinal paseo y le conté a mi hijo como la lagartija nos engañaba, se burlaba y se reía de nosotros cuando teníamos su edad. Mi hijo se extrañó, y me dijo que no podía ser, que una lagartija no se podía reír de unos chiquillos y yo le dije se ha reído de mí y de mis amigos y no solo una vez sino muchas veces, pues cuéntamelo porque yo no me lo creo.
Hace algún tiempo cuando las huertas, los campos, los manchones, los descampados etc. dibujaban el entorno de nuestra infancia, parte de nuestros juegos se desarrollaban en esos decorados. Recuerdo que cuando deambulábamos por uno de esos lugares y una lagartija se cruzaba en nuestro camino el objetivo era cogerla, esto formaba parte de nuestra diversión. Empezaba una lucha desigual, corríamos detrás de ella, el pobre animalito al percatarse de nuestra presencia pensaría, ya están esta gente otra vez aquí, que pena que todavía no se han inventado las nuevas tecnologías para que se queden tranquilitos en sus casas y nos dejen a nosotras en paz. La lagartija corría trataba de ponerse a salvo. Buscaba un refugio, un boquete, una grieta, un sitio seguro que la protegiera hasta que pasara la tempestad y el deseado sol volviera a brillar, pero el acoso al que la sometíamos cada vez era mayor. El cerco se iba estrechando y el peligro se cernía sobre ella, pero la fuga no siempre terminaba con éxito. La lagartija por fin era cazada por uno de nosotros. Pero la naturaleza la había dotado de un recurso para burlarse de sus depredadores y rápidamente lo puso en práctica. Cuando más confiado estábamos, se desprendió de su cola, el apéndice una vez en el suelo empezaba a moverse, iniciaba un baile de distracción y todos pendiente de los acompasados movimientos, momento que sabiamente aprovechaba ella para ponerse a salvo. Mientras la cola se movía, uno de nosotros decía, quillo nos está insultando, otro respondía los tuyo por si acaso y sistemáticamente todos formábamos cruces con los dedos, unos con el pulgar y el índice y otros con el índice y el corazón. Llegado a este punto del relato algunos ya han probado con que dedos formaban la cruz.
Lo entiendes ahora Raúl, como nos engañaba la lagartija, papá yo lo que no entiendo es como os podía insultar la cola de la lagartija, eso mismo me pregunto yo, pero alguna explicación tendrá el origen de esa creencia, yo la desconozco. Ya cerca de casa vi una cigüeña posándose en el campanario de la Iglesia Mayor, Raúl ves la cigüeña, no papá donde está, él no la veía pero yo la veía en el pasado………. No me atrevo ni a contárselo.
Unos niños pasaron corriendo muy cerca del árbol, el ruido y el alboroto alertó su instinto de supervivencia y la lagartija se esfumó. Mi hijo se acercó al árbol pero no la veía, yo sin embargo seguía viéndola, pero no en el presente sino en el pasado. Llamé a mi hijo y le dije vámonos, la lagartija es muy lista y no se va a dejar ver por un tiempo. Continuamos nuestro matinal paseo y le conté a mi hijo como la lagartija nos engañaba, se burlaba y se reía de nosotros cuando teníamos su edad. Mi hijo se extrañó, y me dijo que no podía ser, que una lagartija no se podía reír de unos chiquillos y yo le dije se ha reído de mí y de mis amigos y no solo una vez sino muchas veces, pues cuéntamelo porque yo no me lo creo.
Hace algún tiempo cuando las huertas, los campos, los manchones, los descampados etc. dibujaban el entorno de nuestra infancia, parte de nuestros juegos se desarrollaban en esos decorados. Recuerdo que cuando deambulábamos por uno de esos lugares y una lagartija se cruzaba en nuestro camino el objetivo era cogerla, esto formaba parte de nuestra diversión. Empezaba una lucha desigual, corríamos detrás de ella, el pobre animalito al percatarse de nuestra presencia pensaría, ya están esta gente otra vez aquí, que pena que todavía no se han inventado las nuevas tecnologías para que se queden tranquilitos en sus casas y nos dejen a nosotras en paz. La lagartija corría trataba de ponerse a salvo. Buscaba un refugio, un boquete, una grieta, un sitio seguro que la protegiera hasta que pasara la tempestad y el deseado sol volviera a brillar, pero el acoso al que la sometíamos cada vez era mayor. El cerco se iba estrechando y el peligro se cernía sobre ella, pero la fuga no siempre terminaba con éxito. La lagartija por fin era cazada por uno de nosotros. Pero la naturaleza la había dotado de un recurso para burlarse de sus depredadores y rápidamente lo puso en práctica. Cuando más confiado estábamos, se desprendió de su cola, el apéndice una vez en el suelo empezaba a moverse, iniciaba un baile de distracción y todos pendiente de los acompasados movimientos, momento que sabiamente aprovechaba ella para ponerse a salvo. Mientras la cola se movía, uno de nosotros decía, quillo nos está insultando, otro respondía los tuyo por si acaso y sistemáticamente todos formábamos cruces con los dedos, unos con el pulgar y el índice y otros con el índice y el corazón. Llegado a este punto del relato algunos ya han probado con que dedos formaban la cruz.
Lo entiendes ahora Raúl, como nos engañaba la lagartija, papá yo lo que no entiendo es como os podía insultar la cola de la lagartija, eso mismo me pregunto yo, pero alguna explicación tendrá el origen de esa creencia, yo la desconozco. Ya cerca de casa vi una cigüeña posándose en el campanario de la Iglesia Mayor, Raúl ves la cigüeña, no papá donde está, él no la veía pero yo la veía en el pasado………. No me atrevo ni a contárselo.
Etiquetas: La lagartija
Comentarios:
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Muy bien Super, te estás convirtiendo en un excelente Narrador. No tardes mucho en contarnos lo de la cigüeña. Un abrazo.
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