lunes

 

El Callejón Arenal

Hace poco tiempo me preguntaron, amparándose en que yo era de la “Isla”, y nunca mejor dicho: “era”, por dónde quedaba el Centro Plaza. Me imaginaba por supuesto donde se encontraba, a pesar de no vivir desde hace bastante tiempo por estos lares (unos 29 añitos) y haber realizado muchas gestiones relacionadas, la mayoría de ellas, con asuntos de médicos. Y pensaba hacia mis adentros, coge por el Callejón Arenal, tendrás un muro alto y bastante largo a la derecha; si te hace falta comprar una gallina, me parece que a la izquierda, casi enfrente del Parque de las Monjas, puedes hacerlo, ahora mismo no caigo como se llamaba aquel lugar. Sigues recto y a la izquierda encontrarás una inmensa huerta con muchos almendros, un descampado para jugar al fútbol y un boquete inmenso, llamado “El Barrero”. Y me dicen: - Está cerca de los Hornos Púnicos. ¿Y eso qué es? ¡Si nosotros pasábamos por ahí infinidad de veces, y nunca encontramos ningún horno, y tampoco a ningún Púnico de esos, solo huertas y más huertas! Por casualidad introduzco en el buscador Google las palabras claves “Callejón Arenal”, y sorprendentemente me aparece la Calle del Arenal, que va a morir en las proximidades de la rotonda que hay cerca de la entrada principal del Observatorio de Marina y final de la calle Cecilio Pujazón, donde, precisamente para nosotros, acababa el Callejón Arenal, viniendo desde el Parque de las Monjas.

En esta fotografía terminaba el callejón Arenal, justo al lado de la Barriada de Santa Bárbara (he dicho barriada no calle), donde, como se puede apreciar, era un camino recto que daba justo al Parque de las Monjas, cortada por esos pisos del fondo, perpendicular a la calle donde estaban Muebles Márquez (la calle Benjamín López), y más abajo a la derecha, por un caminito rodeado de huertas, desembocaba en lo que ahora son los Hornos Púnicos y que da acceso a todos los pisos del Canal, la Ardila…, y el dichoso Centro Plaza, o como lo llamen, frente a nuestro desaparecido y sepultado Barrero.
A nuestra edad, y en un principio, recorrer el Callejón era algo peligroso y misterioso, poco frecuentado; ese muro que se alzaba a nuestra derecha, esas alambradas a la izquierda o cualquier cosa que se utilizaba en aquellos tiempos para delimitar la huertas, imponían, en un principio, hasta que se convirtió en camino obligado para nosotros. Solía transitarlo para recoger algún que otro encarguito que me encomendaba mi Padre, para traerle maderas para sus “chapuces”, en aquella desaparecida carpintería del Olmos, en la calle Cecilio Pujazón. Como observaréis, una simple consulta puede derivar en un río de nostálgicos recuerdos de aquellos lugares emblemáticos de nuestra infancia, engullidos por el irrefrenable progreso.

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