lunes

 

EL FUTBOLIN

A finales de los setenta había un juego que se hizo muy popular entre los chavales del barrio, en plena adolescencia empezamos a practicarlo. Este juego es conocido por el futbolín. En el barrio, casi todos los bares y guichis que disponían de suficiente espacio contaban con uno de ellos. También había casas particulares que destinaban un gran salón para explotar este juego, complementándolo con algunas maquinas recreativas. Una forma de conseguir unos ingresos extras con los que poder afrontar el mantenimiento de la familia. En la calle Real en el espacio comprendido entre la calle Alsedo y la calle El Carmen justo en frente de la papelería Minerva y al lado del bar Bilbao, negocios que ya no existen, había una casa particular que habilitó un salón para colocar unos futbolines. Estos futbolines los conocíamos cariñosamente como los del viejo, dada la edad del encargado de los mismos. Era un hombre de pocas palabras, lo recuerdo sentado en una silla situada en la puerta que comunicaba la sala de juegos con la vivienda, siempre atento y pendiente por si era requerido sus servicios. La sala era estrecha y alargada y disponía de tres o cuatro futbolines en línea, para acceder a ella la puerta tenia una cuerda de la que tirábamos y con esta sencilla maniobra levantábamos un pestillo interior que nos daba paso a una sala oscura y silenciosa, un silencio que incluso jugando se contagiaba, solo se oían los ruidos mecánicos del futbolín y los chasquidos de los jugadores cuando golpeaban la bola. Muchos de los que lean estas líneas recordaran con cierta nostalgia este lugar, otros ni siquiera sabrán que existía, aun pasando infinidad de veces por delante de la puerta, ya que no había ningún rotulo, ni cartel que lo anunciara, simplemente ahí estaba para los que lo conocían.
Los bares y guichis que más frecuentábamos para jugar eran el de Rafael y el de Nicolás, conocido popularmente por el Chato, el primero estaba ubicado en la calle Alsedo o calle del Medio, que también es conocida con este nombre, un poco más abajo de la barbería del Picha Fría, actualmente creo que hay un taller de motos. El de Nicolás, estaba en la calle San Onofre, enfrente del bloque de los guardias civiles. El de Rafael era muy pequeño, al entrar en el los días de lluvia, un suelo espolvoreado sabiamente con serrín nos recibía, gratificándonos con un aroma que todavía permanece guardado en un rincón de nuestra memoria olfativa. Practica habitual por aquel entonces. Había una pequeña barra y tres mesitas, donde los mayores disputaban sus partidas de cartas y dominó, acompañados por la media botella y el pitillo pegado a los labios, en un ambiente vecinal y familiar. Disponía de un cuarto interior, donde se encontraba el futbolín, esperando que una moneda de un duro diera el pitido inicial para comenzar la partida. Normalmente se jugaba por parejas, la que perdía salía y la que entraba depositaba la moneda y a jugar, otra veces, cuando las partidas las disputábamos entre parejas formadas por la pandilla, la pareja perdedora solía pagar la conviá de cervezas o vinos, lo que se terciara, pero no siempre había algo en juego sino que si íbamos cuatro pues cada uno ponía un duro y a jugar amistosamente el tiempo que el saldo nos lo permitía. Algunas veces para prolongar el tiempo de juego, siempre que no hubiera moros en la costa, poníamos en practica una pequeña trampa, muy simple pero eficaz, esta consistía en introducir un pañuelo en el interior de la portería, colocado de forma que impedía el paso de la bola hacia la rampa de caída y de esta forma el juego continuaba por más tiempo sin que el anémico bolsillo sufriera los ataques de la legalidad. A veces el encargado se acercaba a ver la partida y entonces había que usar el plan ya ensayado para estas situaciones, jugar fuerte pero sin tirar para la portería, había que evitar que el pañuelo interrumpiera el rutinario sonido de la bola en su caída por la rampa, lo cual nos delataría sin contemplación. Había en el barrio grandes jugadores, no voy a poner mi nombre porque está feo decirlo y echábamos muy buenas partidas, nos divertíamos y había buen rollo que era de lo que se trataba. Algunos jugadores se especializaban en la defensa y otros en ataque, siempre se dominaba una parcela más que otra, los menos eran buenos en los dos sitios.
El verano pasado estando con mi cuñado en la piscina de Puerto Real, los niños querían jugar al futbolín y empezamos a jugar, formamos pareja él con su hijo y yo con el mío, al rato llegan dos chavales de unos veintitantos años y nos dicen, podemos entrar en la siguiente partida, mi cuñado y yo nos miramos y le dijimos vale, lógicamente mi cuñado y yo jugamos juntos, me puse en la defensa y comenzamos la partida, los chavales empezaron a jugar muy relajados, con aires de autosuficiencia, confiaban en sus posibilidades, la primera la perdieron, la segunda se emplearon más a fondo pero también perdieron y la tercera ya no sonreían pero perdieron, nos dieron la mano deportivamente y se despidieron. El que tuvo retuvo dicen los viejos del lugar.

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