lunes
Escaladores
Siempre nos ha gustado, cuando éramos pequeños, sentirnos libres, bueno, realmente lo éramos, ahora es cuando realmente nos damos cuenta de que así fue, sin ningún tipo de ataduras; deambular de aquí para allá, totalmente descontrolados, sin rumbo. Tomábamos las decisiones al instante, de manera inconsciente, sin pensar en las consecuencias. Hubo una época en la cual nos gustaba, hasta cierto punto, poner nuestra integridad física en riesgo, aunque si me paro a pensar un poquito más, casi siempre lo estábamos, lo que ocurre que aumentaba aún más cuando nos dio por la “escalada”, por llamarlo de alguna manera, a pesar de que me entra la risa al escribir esa palabra. Por aquellos tiempos de libertad descontrolada, poseía una cuerda que mi Padre tenía no sé para qué; era fuerte y bastante larga, propicia para nuestras aventuras escaladoras, que me parece que nunca llegamos a utilizar, aunque si no mal recuerdo, la llevamos una vez al “Cerro” Paquito y yo, y no sé realmente si llegamos a desplegarla. El sitio más apropiado para nuestras aventuras, como no podía ser otro, era “El Barrero”, el lugar, desde mi punto de vista, más emblemático de nuestra pubertad. En un día de aquellos, perdido en lo más recóndito de nuestras memorias, de nuestros recuerdos, estábamos Manolín, Juany, Paquito y yo; situados en lo más profundo del Barrero. Estaríamos por allí disfrutando de aquel paisaje que siempre nos hacía sentirnos libres, despreocupados. Una de las tres paredes que rodeaban a la laguna, poseía una importante inclinación, y daba a lo que actualmente es el Observatorio de Marina; pues ese día quisimos hacernos el valiente y retamos a Manolín a que no sería capaz de escalar con nosotros esa imponente pared, ya que por aquella época no solía fomentar ese tipo de salidas con nosotros, y se dedicaba a lo que nosotros no solíamos hacer, estudiar. Si resbalabas y caías, el golpetazo y el rodar cuesta abajo era imponente, luego te esperaba el cañizal, el barro y esa agua de color ámbar. Fue una experiencia bastante peligrosa, subiendo a cuatro patas mirabas de reojo para abajo, y te entraban ganas de renunciar, de abandonar, pero ni eso, ya estabas allí y no había marcha atrás, ya era demasiado tarde, o llegabas al final, o sucumbías en el fondo de la laguna. Pues Manolín no solo subió esa pared, sino que lo hizo el primero, y nos dejó a todos atrás, con una larga sonrisa, abocándonos al más profundo ridículo. Además de magnífico estudiante, también era valiente. De esa salimos bien escaldados.
Etiquetas: Escaladores
Suscribirse a Entradas [Atom]