sábado

 

LA LEONA

Cuando llegaba el verano, frecuentábamos la playa de “Santibáñez”. Nos asentábamos en la parte más izquierda de las casetas.
Cuando la marea alcanzaba su punto más bajo, dejaba al descubierto una superficie rocosa de gran extensión, y, por capricho de la naturaleza, en una zona central de las mismas, de forma más o menos oval, estaba ocupada por arena, formándose una especie de piscina natural.
Nos colocábamos las gafas de buceo, con su tubo para respirar, y escudriñábamos el fondo marino.
Para andar por las rocas era conveniente calzar unas sandalias de plástico, de las antiguas de color de carne, con su hebilla, para sujetarlas perfectamente a los pies.
El entretenimiento estaba asegurado; chiquillos y mayores deambulando de aquí para allá en busca de pececitos, cangrejos, camarones, estrellas de mar, ostiones…
Con la marea completamente baja, las aguas estancadas, en algunos lugares, alcanzaban temperaturas elevadas, constituyendo un auténtico placer el baño en ellas.
Recuerdo que una vez estuvimos a punto de dar caza a un enorme pulpo, que se había despistado durante la bajada de la marea.
En el rompiente de las rocas con las olas del mar, algunos aprovechaban para ejercitar la pesca submarina y la de caña.
Solíamos ir en la “Carterilla”, aunque más de una vez nos aventuramos a tomar las bicicletas.
La playa de “Santibáñez” era muy frecuentada por la familia de Jacobo. Contaba con numerosas casetas y un “chiringuito” bastante amplio, muy cerca de la orilla.
Me imagino que con el paso de los años, la “Leona” habrá desaparecido, engullida por el feroz avance de los arrecifes, pero siempre quedará en el recuerdo de nuestros corazones.

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