lunes

 

Todo ha cambiado

El calor apretaba, en aquellas tardes de verano, lejos del bullicio, de las prisas, donde el tiempo parecía estar detenido, y, la inocencia, era nuestra mejor compañera. La programación televisiva, sin competencias, nos regalaba series entrañables, donde destacaba, por encima de todas, “Los Payasos de la Tele”. ¡Cómo están Ustedes! Triste, muy triste debió de ser, aquel día, en el que “Fofo”, desapareció para siempre de nuestra pequeña pantalla, en blanco, negro y tonalidades grises. “La Isla Misteriosa” de Julio Verne, nos cautivó y embargó. Era algo nuevo para nuestros ojos, donde la lectura se extendía exclusivamente a los libros de texto del Colegio. Que recuerde, nunca nos fomentaron esta faceta, que algunos, hoy en día llevamos a cabo, aunque de forma esporádica.
A pesar del calor reinante, siempre había un lugar a donde ir: Los Muros, La Huerta de Maragallo (Huerta Vaca), La Huerta de Melchor, El Zaporito, El Canal, El Barrero, El Parque de las Monjas, El Cerro, La Casería, Caño Herrera…
Lugares desaparecidos o acotados por el progreso; nuestros recuerdos de la infancia destruidos a base de cemento y hormigón.
  • La Huerta de Melchor estaba situada en la parte trasera del Colegio del Liceo, colindando con su enorme recreo. En un principio no existían barreras para acceder al mismo desde la huerta, pero posteriormente se construyó un enorme muro alrededor del mismo, que nos separó de sus magnificas instalaciones, aunque los Sábados por la mañana podíamos entrar.
    En esta huerta jugábamos al futbol, cazábamos mariposas, saltamontes (cigarrones), cualquier bicho viviente, hasta murciélagos.
    Arriba del todo había un huerto, que pertenecía a las antiguas dependencias de autobuses de Transportes Comes; estaba vallado, y como es lógico, no se podía entrar, pero los chavales de la época se colaban en el huerto a robar sus frutos. Este huerto era vigilado por un señor que manejaba una honda, eso decían, la verdad que nunca llegué a verla.
    Pues entré una vez en ese huerto, con tan mala suerte que apareció ese señor; cuando dieron la señal de alarma, salimos todos corriendo, y para colmo de males, tropecé con una chapa y me caí, lastimándome en una rodilla. Sentí como una mano se aferraba a mi brazo y tiraba con fuerza, levantándome del suelo. Me imagino que sería el señor de la famosa honda. Creo recordar que fui todo el camino lloriqueando. Me llevó a sus dependencias, y se preguntaron que hacer conmigo. Me soltaron con una buena patada en mis posaderas, que sirvió para dar impulso y salir corriendo.
    Mas abajo de este huerto y a la izquierda, no recuerdo muy bien si había una alberca o una pequeña casa en ruinas, de lo que si estoy perfectamente seguro, era la existencia de un pozo, muy peligroso, a ras del suelo. Sus paredes eran de piedra, tenía una escalera de hierro oxidado que llegaba hasta el fondo, le faltaba algún que otro peldaño o estaba corroído. Estaba completamente seco y lleno de restos de basura, ya que lo pude comprobar al bajar más de una vez, con toda la imprudencia del mundo.
  • Las palabras San Hipólito derivaron en Zaporito, o eso teníamos entendido, aunque alguien me comentó que era el nombre del antiguo propietario de aquellos terrenos, un tal Juan Saporito, que creo que es la versión correcta pero con "Z". Tiempo atrás había destacado por sus muelles donde reparaban barcos de madera, y por la existencia de una enorme carpintería, si la memoria no me falla. Creo que aún se conservan algunos de sus restos.
    Este lugar era famoso por la pestilencia que emanaban sus sucias aguas, sobre todo, cuando la marea estaba baja, ya que era un vertedero. Entrábamos por los “muros” (esteros) situados por la fábrica de caballas. Con la marea totalmente vacía, quedaba al descubierto una enorme tubería, que seguramente servía de desagüe a la citada fábrica, pues allí estábamos nosotros para caminar por encima de ella, donde un imprudente resbalón te llevaba a caer al asqueroso y pegajoso fango. Desde esta tubería se contemplaba un reguero de casitas improvisadas que bordeaban sus sucias orillas, viviendas que reflejaban la miseria de los que allí alojaban. Antiguamente las desigualdades sociales eran más notables.
  • Eran unos terrenos de gran extensión, a los cuales llamábamos el Canal, debido a que justo enfrente del famoso Patio Cambiazo, por su parte trasera y después de atravesar una calle y dejar atrás unas viviendas, había una excavación en el terreno, longitudinal, de mayor a menor, que desembocaba cerca de los esteros, por donde pasa la vía del tren. En su parte más profunda, llegamos a jugar al futbol. Era un terreno que tiempo atrás, parecía haber estado sumergido en el mar, por los restos de conchas de moluscos. A la izquierda del canal había una alberca y una casa abandonada; aún quedaban pozos esparcidos, seguramente para aliviar la sed del ganado, de estilo árabe, o eso, a mí me lo parecía.
    Al Canal podíamos acceder por varios sitios, pero principalmente por donde ahora se encuentran los Hornos Púnicos, dejando a la derecha el desaparecido Callejón Arenal, y atrás la calle Benjamin López y Muebles Marques, también desaparecido.
    También se podía acceder al Canal por un lugar entrañable, próximo a la antigua entrada del campo de futbol de la Bazán, y haciendo un esfuerzo mental, creo que una verja nos abría paso a un camino, adornado de viviendas a ambos lados, todas contiguas, viviendas de color blanco y macetas por adornos.
    Una vez en campo abierto, el final del camino desembocaba en un hoyo inmenso, circular, en cuyas suaves pendientes, escarbábamos en busca de “pío burros”, especie de raíz de color blanco, que una vez perfectamente limpia, nos la comíamos.
    Este inmenso agujero era adornado en su parte superior por una especie de torre, en su parte izquierda, y a la derecha, detrás de las instalaciones del campo de futbol de la Bazán, había unos enormes eucaliptos, de los cuales colgaban unas enormes y gruesas cuerdas, que utilizábamos a modo de columpio.
    En esta zona existían un breval, alguna que otra chumbera e higueras, y también había que tener cuidado con las picaduras de avispas.
    Una vez atravesado este hoyo por una vereda en el camino, descendíamos a un descampado que utilizábamos de campo de futbol; cuantos Sábados matutinos hemos recorrido ese terreno rectangular hasta hacerlo infértil, dando patadas a un balón de futbol. Como te añoramos.
Me puedo desviar un poco de la realidad, que otros puedan observar de distinta manera, pero narro intentando desenmarañar esos recuerdos que fugazmente acuden a la memoria, y que los testigos de piedra y arena, vigías de nuestra infancia, ya no nos pueden ayudar, sencillamente, porque ya no existen.
Esta historia tal vez, pueda continuar.

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